Vos, quien pintarás los amaneceres

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A Martina, quien tal vez no se acuerde de este personaje, pero que es tan suyo como su sangre.

Dicen que no hay nadie que no entre en tu vida justo en el momento indicado con una misión indicada.

Yo creo en eso. Yo creo que vos, Gemma, entraste a mi vida para terminar coloreando los amaneceres.

Lo confieso, mea culpa: hace algunos años llegué a odiar a España y a los españoles. Nada de qué persignarse: los latinoamericanos tenemos una relación amor-odio con la madre patria y sus zopetas ciudadanos. Un resentimiento histórico, ilustrado por muchas lecciones de estudios sociales, de educación cívica y de grafitis rencorosos, nos hace detestarlos de vez en cuando, en especial por su insistencia de hablar como en lo que, para nosotros, son los tiempos del Quijote.

Sin embargo, en ese entonces, yo tenía una razón distorsionada digna de psíndrome de estrés post traumático: una española se había quedado con mi novio. Desde entonces, le agarré fobia a España y a todo lo que me oliera a peninsular. Mientras el mundial de fútbol se disputaba en Sudáfrica en 2010, apoyaba yo entonces con todo fervor a la naranja mecánica desde bares en mi ciudad atestados por la comunidad holandesa local, dispuesta a que Piqué, Iniesta y el Niño Torres pagaran con su roja sangre la furia que a mí me quemaba por dentro. De más está decir que, cuando ganaron la copa, mi reacción fue más visceral que la de los educados holandeses, quienes me miraban comiendo su tradicional queso y bebiendo su Heineken con un ecuánime aire de resignación.

Con ese odio irracional ibérico me encontraba cuando, una amiga mía de mis tiempos de voluntariado en África, me pidió que la alojara a ella, a cuatro coreanos más y a una española por un par de días en mi casa en San José, Costa Rica, mientras ellos realizaban un viaje con dirección a Belice. Con ella, que era brasileña, y con los coreanos no tenía mayor problema, pero con la española… ¡joder, una española! ¿Iba yo a tener que soportar ese acento por dos días en mi casa? ¡Rediez!

Por supuesto, obvio, evidentemente que lo iba a hacer. Una cosa es desear que todo un país pierda el campeonato mundial de fútbol y, otra muy distinta, cerrarle la puerta al prójimo en la cara.

Y así, una tarde lluviosa de esas típicas de mi ciudad, llegó Gemma a mi casa. Una chica de lentes, piercing en la barbilla y dreds, los cuales se sentaba a ajustar en el sofá de mi sala con una aguja de tejer.

Dos coreanos, más Gemma, más dos coreanas, más Silvana, de Brasil.

Dos coreanos, más Gemma, más dos coreanas, más Silvana, de Brasil.

Ese fue el inicio de mi exorcismo hacia España. De entrada, me cayó tan, pero tan bien… Y no sólo eso. Me dio una sensación que yo no experimentaba desde que tenía siete años.

En esa época lejana cursaba yo el primer grado y recuerdo perfectamente a una niña que iba un año más adelante que yo. Me gustaba todo de ella. La manera en que se peinaba, sus aretes, sus zapatos, su nombre, su casa, el carro de sus papás, su actitud, su manera de caminar, todo. Absolutamente todo. Lo hubiera confundido con un indicio lésbico si desde los tres años no hubiera descubierto yo ya que tenía una profunda y fuertísima pasión por los hombres. Lo que esta niña me generaba era otro sentimiento que yo hasta entonces no había experimentado: la admiración. La admiración por otra mujer de mi misma edad.

Entre el orgullo de la adolescencia y mi personalidad construida a saltos, no había vuelto a sentir eso en más de 20 años hasta que conocí a Gemma. La veía y quería ser como ella. Quería ser artista gráfica y crear un mundo de colores y de personajes (los cuales denominaba Pusinky, “besos” en eslovaco). Quería vestir como ella. Quería tener esa creatividad y ese magnetismo que hacía que, cuando entraba en un sitio, uno simplemente no pudiera dejar de mirarla. Mae, y no era vara mía: durante su estadía en Costa Rica visitó una escuela y los niños le pidieron autógrafos. No era para menos. Yo estaba también fascinada con el personaje a quien yo le había abierto la puerta de mi casa.

Gemma y sus colores.

Gemma y sus armas: los colores.

Mientras se tejía los dreds con su aguja y conversábamos en la sala, custodiadas por mi foto de la primera comunión (que mi mamá se rehúsa a remover de la pared, para mi enorme insatisfacción) le comenté que estaba ahorrando para ir a buscar a mi ex novio brasileño, ese que me dejó por una española.

Ella me miró y después de comentarme que su madre también tenía unas fotos de la primera comunión de ella y de su hermana en la sala y que no debía sentirme avergonzada por eso, que eso era cosa de las madres aquí en Costa Rica, en España y en la Conchinchina, me entendió. Fue de las pocas personas que pudo comprender ese anhelo idiota de amar aunque a uno no lo amen. Me entendió con el corazón y no con la cabeza, contrario a lo que hacían el resto de mis amigas, quienes intentaban, inútilmente, hacerme entrar en razón, algo que ya se me había quedado perdido.

Silvana, Gemma y yo.

Silvana, Gemma y yo.

Con el tiempo, cambié de idea y me fui a buscarte a vos, a vos quien sos español y a quien amaré hasta el último día de mi vida. Español, como Gemma. Así que después de despotricar contra la madre patria, irónicamente, el primer país que visité fue, ni más ni menos, España. No sé cómo me dejaron entrar por Barajas, considerando mis maléficos deseos contra su glorioso equipo de fútbol. De alguna manera conocer a Gemma me hizo pensar que resistiría al menos pasar varios días escuchando vuestro acento, tíos. Y ya sabés cómo fue: incluso terminamos yendo a ver Torrente 4 al cine una noche fría y lluviosa.

Un par de meses después, inventé la quijotada de declararte mi amor a través de un video. Recluté a mis amigos a lo largo y ancho del mundo para que me enviaran un video cada uno, en sus respectivos idiomas, diciéndote cuánto te quería y por qué deberías elegirme. El primero, el primero que me llegó, fue el de Gemma. Era como si ella me acompañara a reconciliarme no sólo con España, si no con mis sentimientos más profundos.

Una noche nevada, mientras tomaba un café con mi mamá en Amsterdam (sí, con esa misma señora que se niega a quitar de la sala mi bendita foto vestida de blanco y sin dos colmillos), leí en Facebook que Gemma estaba recibiendo quimioterapia. Sabía que estaba enferma desde hacía un tiempo; lo posteaba todo desde su cama en el hospital. Hasta para eso tenía facilidad: hacía parecer que estar en un cuarto de una clínica era algo mágico, mientras nos regalaba fotos en Instagram, frases y dibujos que hacía con sus incansables colores, que eran inmunes a todo. Le di like a su foto afeitándose la cabeza. Ya sabía yo que lo había hecho antes, cuando estando en Belice se rapó los dreds que tanto tejía con su aguja. Le di like no por compasión, ni siquiera por solidaridad: le di like porque estaba segura de que si había una mujer que podía llevar ese look y parecer siempre hermosa, era ella.

Gemma con un Pusinsky.

Gemma con un Pusinsky.

Con el tiempo, fueron llegando más fotos y dibujos. Papeles para rasgar. Papeles para perforar con el lápiz. Papeles para garabatear sin control. Era un reflejo de lo que estaba viviendo. Una lucha de la cual lo único que sangraba era su creatividad, que salpicaba todas esas hojas de colores.

Cuando el mes de mayo comenzaba a declinar, subió una foto en blanco y negro de sí misma. Se le estaban acabando los colores, aunque yo me resistía a creerlo. Yo dibujo exactamente como lo hacía en segundo grado, sin hipérboles de por medio, no tengo nada de talento, pero en su lugar escribo y me negaba en redondo a sacar a este personaje de mi novela. No, la heroína nunca muere. Se va a recuperar y nos volveremos a ver, aunque tanto ella, como yo, viajeras adictas, sabemos que siempre puede ser el último adiós.

Garabatea sin control. La lucha interna.

Garabatea sin control. La lucha interna.

Una tarde de sábado, mientras leía el Facebook después de la siesta, me encontré con el siguiente poema, acompañado de una caricatura suya, llena de color y de pusinkys.

Cuando yo me vaya, no quiero que llores,
Quédate en silencio sin decir palabras,
Y vive de recuerdos, reconforta el alma.

Cuando yo me duerma, respeta mi sueño
Por algo me duermo, por algo me he ido.
Si sientes mi ausencia, no pronuncies nada
Y casi en el aire con paso muy fino
Búscame en mi casa, búscame en mis cartas,
Entre los papeles que he escrito apurado.
Ponte mis camisas, mis suéteres, mi saco,
Y puedes usar todos mis zapatos.

Te presto mi cuarto, mi almohada, mi cama,
Cuando haga frío, ponte mis bufandas.
Te puedes comer todo el chocolate
Y beberte el vino que dejé guardado.

Escucha ese tema que a mí me gustaba,
Usa mi perfume y riega mis plantas.
Si tapan mi cuerpo no me tengas lástima
Corre hacia el espacio, libera tu alma.

Palpa la poesía, la música, el canto
Y deja que el viento juegue con tu cara,
Besa bien la tierra, toma toda el agua,
Y aprende el idioma vivo de los pájaros.

Si me extrañas mucho, disimula el acto.
Búscame en los niños, el café, la radio,
y en el sitio ése donde me ocultaba.

No pronuncies nunca la palabra muerte.
A veces es más triste vivir olvidado
Que morir mil veces y ser recordado.

Cuando yo me duerma,
No me lleves flores a una tumba amarga,
Grita con la fuerza de toda tu entraña
Que el mundo está vivo y sigue su marcha.

La llama encendida no se va a apagar
Por el simple hecho de que no esté más.
Los hombres que viven no se mueren nunca,
Se duermen a ratos, a ratos pequeños
y el sueño infinito es solo una excusa.

Cuando yo me vaya extiende tu mano
Y estarás conmigo sellado en contacto
Y aunque no me veas, y aunque no me palpes
Sabrás que por siempre estaré a tu lado.

Entonces un día; sonriente y vibrante
Sabrás que volví para no marcharme.

(Me voy a buscar a mi barbudo.
No me esperéis levantados).

Supe entonces que los colores habían vuelto a ella. Pero que ella se había ido.

Y entonces, con lágrimas en los ojos, que hicieron la caricatura tristemente borrosa, tuve que despedirme de una de mis heroínas favoritas.

Las mujeres que viven no se mueren nunca. Sólo se duermen a ratos. Lo voy a saber cada mañana, cuando me levante y vea el amanecer más lindo del mundo. Entonces sabré, Gemma, que ya vos te habrás despertado y lo estarás coloreando. Y que en realidad, no te has ido nunca.

El último post de Gemma.

El último post de Gemma.

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