La ciencia de la mochila

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He aquí los consejos para hacer una mochila. Este post fue dedicado a los participantes ticos de 2011 de la Ruta Quetzal.

En vista de que mi Ruta fue en el siglo pasado, cuando aún usábamos cámaras de rollo y nos escribíamos cartas (de hecho, fue en ese viaje cuando recibí mi primer email en la vida), no es gran cosa lo que puedo aportar a la causa de la formación de ruteros-pequeño-saltamontes del año 2011. No poseo consejos de cómo cargar el celular, la cámara digital, conectarme a Internet, mantener al día el Facebook y todos esos aspectos posmodernistas de la vida rutera, porque simplemente en la época en que fui a la Ruta nada de esto existía y, si ya circulaba por el mercado, por supuesto, no era de acceso adolescente.

De eso me di cuenta hace ya unos años, cuando me preguntaron en una reunión pre ruta cómo se hacía con el cargador de la cámara… Y yo: WTF? Si es que yo cargaba con baterías y luego las echaba a la basura, dulces tiempos de contaminación casi radioactiva, que afortunadamente cada vez se quedan más y más sepultados por calendarios arrancados de cuajo por la diosa tecnología.

Sin embargo, hay una enseñanza universal y aún vigente. Importante. Importantísima. Vital. Esencial. Indispensable. Y, como actualmente la estoy practicando por tierras europeas, porque uno después de la Ruta le toma el gusto a esto de ser nómada (a menos que la experiencia sea realmente traumática), tengo la práctica fresca, a flor de piel diariamente, así que ¿qué mejor momento para transmitir a las generaciones posteriores mi pedacito de sabiduría?

Por lo tanto, he aquí la ciencia (porque es una ciencia luego de haber creado hipótesis, ponerlas a prueba bajo experimentación profunda y análisis detallado), la ciencia, ilustre y vital, de la mochila en 10 pasos. Backpacking for dummies, podríamos llamarlo también. Seguro que sería un éxito en ventas, jaja… En fin, al grano, o más bien, a la mochila:

Mi grupo, el 3, en la Ruta del año del cuerno. Yo soy la del glamoroso pañuelo rojo en la cabeza a la izquierda. Isla Mágica, Sevilla.

Mi grupo, el 3, en la Ruta del año del cuerno. Yo soy la del glamoroso pañuelo rojo en la cabeza a la izquierda. Isla Mágica, Sevilla.

1. Orden. Ante todo, orden. Yo, en lo personal, no me caracterizo por ser una persona ordenada (tengo testigos al respecto) pero cuando viajo ocurre la metamorfosis y me transformo en el orden reencarnado. SIEMPRE, SIEMPRE, PERO SIEMPRE, procurá poner todo en el mismo sitio de la mochila y RESPETÁ ESE ORDEN PASE LO QUE PASE. Es muy fácil dejar cosas perdidas todo el tiempo, de modo que esto es un punto primario. Podés organizar la mochila por secciones. Sección higiénica: jabón, shampoo, cortaúñas, cepillo de dientes, pasta, y aquello que se puede derramar siempre protegido en una salvadora bolsa plástica, obviamente. Sección tecnológica: cargador de baterías, celular, iPod, cables de cualquier tipo. Sección de papelería: postales, diario, lapiceros… Y así, creá las secciones que necesités y se te ocurran. Esto también ayuda a no perder tiempo buscando cosas. Si el cepillo de dientes, por ejemplo, no está en su compartimento, ni modo: ya se perdió.  Lloralo, hacele su tiempo de luto y resignate, pero al menos no vas a perder tiempo (que en la Ruta siempre es esencial) buscándolo en otras partes de la mochila.

2. Mochilear significa que te has convertido en un caracol y estás cargando con tu casa a cuestas. Significa que nunca llegás a un destino definitivo, es una vida piratesca, nómada, gitana, tu casa es lo que llevás en ese pedazo de tela con correas para cargar al hombro y nada más. Por lo tanto, NUNCA se desempaca por completo. Cosa que usés, apenas terminés de ocuparla, empacala de nuevo y en su lugar, porque siempre te estás desplazando y no tiene sentido estar armando y desarmando la hermosa arquitectura mochilera una y otra vez. En caso de que sea necesario desempacar todo (nunca se sabe) escogé un metro cuadrado donde podás arrojar el contenido de tu casa portátil de forma expansiva, pero que no se salga de ese metro cuadrado. Así, a la hora de empacar de nuevo, solo tendrás que preocuparte por empacar todo objeto que habite en ese espacio limitado, en vez de estar recolectando cosas por aquí, por allá y acullá. Y algo importante: apenas guardés algo, cerrá siempre el zipper, nada peor que darse la vuelta y que todo se riegue y uno tenga que ponerse a perseguir objetos que se dan a la fuga revolucionariamente entre los pies de los demás y que, probablemente, se conviertan en fugitivos vitalicios. La mochila JAMÁS se desarma, y menos en la Ruta; cuando comiencen a gritar “Más rápido monitores” me vas a entender.

3. Lógica pragmática. Lo que ocupés más seguido que quede arriba de la mochila. Por favor, que no sea como una de mis compañeras de tienda, que no entiendo por qué dejaba siempre el cepillo de dientes en el puro fondo de la mochila y tenía que sacar TODO para encontrarlo. Esto aplica a la ropa en general, claramente. Si estás en un clima caliente, dejá la ropa de frío en el fondo y la de veranito encima y luego, si cambia el tiempo, pues organizala a la inversa, y listo.

Mi mochila en tren: 31 horas de viaje en India.

Mi mochila en tren: 31 horas de viaje en India.

4. Los zapatos no son solo para caminar. Son un EXCELENTE almacén de ropa interior y medias, lo cual ayuda a ahorrar espacio. Sobre todo las botas. Podés rellenarlas primero con unos calzones, luego con unas medias y luego con un brassier, y luego otros calzones y luego otro par de medias, y luego otro brassier y así sucesivamente, para que las mudadas te queden listas de una vez (¿son chicas las que van este año, no? Bueno, si son maes, se evitan el brassier :p). Usá una bota para ropa limpia y otra para ropa sucia. Y cuando las dos estén llenas de ropa sucia… es el momento de lavar. Aunque yo, en lo personal, prefiero llevar la ropa limpia al día, así que lavo cada vez que puedo.

5. Ensayos para evitar la tortura del viacrucis. Cargar con la mochila no tiene por qué convertirse en una tarea de trabajos forzados digna de un campo de concentración nazi. Depende de vos no echarte la soga al cuello o, en este caso, la mochila al hombro. No esperés el día anterior para empacar la tuya, sobre todo si es la primera vez que vas a cargar con una. Hacela completa y salí a la calle con ella a caminar al menos una hora. Y ojalá y podás subir unos 10 pisos en ese ensayo. Yo, lamentablemente, no tuve esta precaución hace ya 13 años y, apenas, pero es que apenas, me ponía la mochila a la espalda, se me dormían los brazos porque el peso era tan enorme que se me cortaba la circulación. Y todo por echármela a la espalda solo unos momentos antes de salir de la casa con dirección al aeropuerto y decir, en un arranque de positivismo adrenalínico pre viaje: “Sí me la aguanto”. Normalmente, en la Ruta, no te hacen cargar con la mochila mucho rato, pero se han dado casos de tortura extrema en que, como si fuera el camino hacia el Gólgota, sin cirineo alguno porque todos cargan con su propia cruz, te pueden hacer llevarla a cuestas. Así que en profecía anunciada no hay crucificado: ensayá primero cargándola una hora y, si te das cuenta de que no te la aguantás, es momento de sacar cosas y dejarlas en la casa. No te hagás tu propia cruz.

Mi mochila y yo en las afueras de un bar de tapas. Madrid.

Mi mochila y yo en las afueras de un bar de tapas. Madrid.

6. Bolsas plásticas. Nada ecológicas, pero importantes. Para ropa sucia, mojada, derrames, lo que sea. Llevate unas cinco de esas de supermercado, o mejor aun si son ziploc.

7. Llevate ÚNICA Y EXCLUSIVAMENTE aquello que es necesario. No le hagás tanto caso a lo que dice la lista, ni a lo que te puedan decir tus papás que te llevés de repuesto; eso de llevar doble “por cualquier cosa” en este caso no funciona porque más de una vez vas a querer dejar todo tirado y te puede pasar como a mí, que en la Ruta más bien dejaba las cosas perdidas a propósito. Si se te pierde algo y ocupás un repuesto, en el momento seguro que lo podrás resolver, uno se vuelve creativo porque la necesidad es la madre de todas las invenciones. Y, en último recurso, podés darte una vueltita por la sección de objetos perdidos y tomar lo que ocupés… Total, eso de la Ruta es una comunidad con aires de hermandad internacional que casi parece secta.

8. Capulana, capulana. Así le llaman en Mozambique a una manta de esas que se usan para ponerse encima del vestido de baño en la playa. Esto lo aprendí de las mujeres africanas y ha sido una de las enseñanzas MÁS VALIOSAS.  No llevés paño. Pesa muchísimo, cuesta que se seque y ocupa demasiado espacio. La capulana es más polifuncional: sirve para sentarse en el suelo, para secarse, para cobijarse, para almohada, para cargar cosas y hasta para llevar niños en la espalda, como enagua, como vestido, e, incluso, como baño portátil: te podés cubrir con ella y sentarte a orinar y a cagar gracias a su amplitud. No pesa nada, se puede hacer un puñito en la mochila y se seca rapidísimo. Un invento que casi se merece un Nobel.

9. A la mierda la plancha. Todo empacalo en rollitos y puñitos. Es increíble lo que te puede caber cuando compactás la ropa. No queda presentable la indumentaria, claro, pero cuando se anda mochileando eso vale caca, así que sale mejor negocio ahorrar espacio. Además, te da la sensación psicológica de que la mochila es más pequeña y pesa menos.

10. En la bolsa del sleeping bag hay espacio para más que un saco de dormir, así que ahí perfectamente cabe la mudada del día siguiente.  Y no importa qué tan cansado estés en la noche: dejá todo listo SIEMPRE. En la mañana generalmente se andan con prisas, hay que desmontar tienda y demás, ir por el desayuno y está el megáfono este haciendo escándalo y los músicos despertándolo a uno, es momento de caos, así que mejor tener todo listo para zarpar al día siguiente y, como el sleeping es de lo último que se recoge, pues que quede ahí la ropa que más vas a usar ese día.

En fin, espero que esta pequeña cátedra mochilera les sirva de algo… Y feliz Ruta. Disfrútenla, porque a menos que se hagan un diario de la puta madre, será la única. La vida, lamentablemente, no es perfecta.

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