Y ese fue el primer viaje…

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Este post va dedicado a todos quienes vivieron esta aventura conmigo y que son personajes recurrentes en la novela de mi vida. Porque son de mis personajes favoritos.

Casi 20 años más tarde, mientras camino por las calles de Lijiang, en el suroeste de China, se me viene a la mente que, si hubiera entrado por la puerta de ese baño unos cuatro minutos antes, eso quizás jamás hubiera ocurrido. Lo digo porque fue más o menos en ese lapso de tiempo en que me di cuenta de lo mucho que me urgía llegar  y pegué carrera, desesperada. O más bien: D-E-S-E-S-P-E-R-A-D-A. Así, con todas las letras, bien grandotas.

Y es que, si hubiera salido de mi tienda de campaña quizás cuatro minutos antes (digamos a las 2:16 a.m., en vez de a las 2:20 a.m.), entonces tal vez no hubiera tenido que correr y terminar resbalándome en el vómito de otros a quienes, como a mí, les faltaron cuatro pinches minutos y no llegaron a tiempo. Entonces, quizás, no me hubiera caído en el vómito de todos ellos y no me hubiera empapado toda la ropa, el pelo, de vómito ajeno en medio de la oscuridad… De vómito de quizás 31, 47, 63 adolescentes de los 150 que nos intoxicamos colectivamente esa noche en Venezuela.

¿Vieron cuántas veces repetí la palabra “vómito”? Bueno, es que se lo merece. Imagínense nada más tener al menos a 150 adolescentes vomitando a la vez. Se los aseguro: fue tan dramático como se lo pueden estar imaginando. Años más tarde, el doctor Antonio Franco (q.e.p.d.), quien era el médico de la Ruta Quetzal en ese entonces, dijo que ese había sido el momento más desafiante de toda su carrera profesional.

De mi parte, una vez en el suelo, cubierta de vómito ajeno (y sin la posibilidad de bañarme) he de decir que esa noche, al menos por un momento, se me olvidó vomitar a mí también. Lo que hice, en su lugar, fue quedarme en el suelo y echarme a llorar.

Ese fue mi primer viaje.

La Ruta Infernal

Cada vez que cuento las anécdotas de mi primer viaje, me topo con la incredulidad rebotando en las palabras de mi historia. No todo el mundo cree que, efectivamente, me caí en el vómito de desconocidos, ni que caminé seis horas en una isla desierta con medio litro de agua, ni que pasé dos semanas en que solo me bañé una vez a escondidas en un barco, ni que una vez estaba tan agotada que me caí de la parte de arriba de un camarote y no me desperté.

300 adolescentes caminando en la isla desierta de Cubagua, Venezuela.

300 adolescentes caminando en la isla desierta de Cubagua, Venezuela.

Por suerte, tengo aproximadamente a 300 otros contemporáneos que pueden atestiguar que fue verdad. Que eso pasa en las películas. Pasa en la vida real. Pasa en la Ruta Quetzal.

Para quienes no la conocen, la Ruta Quetzal (que por crisis económicas y tejes y manejes ya ni siquiera se llama así) es un programa español que, año tras año, emprende la descabellada idea de llevarse a un grupo de adolescentes de América Latina y Europa a viajar por varios países en plan mochilero. En mi año (glorioso 1998, te fuiste para no volver) el grupo consistía en 300 adolescentes de unos 40 países, quienes por dos arduos, tortuosos e interminables meses recorrimos España, Portugal, Venezuela y Trinidad y Tobago. Todo ello organizado por un hombre de quien yo en mi vida había escuchado hablar, pero que aparentemente en España, cuna de quijotadas, era muy famoso: Miguel de la Quadra-Salcedo.

Y, como les digo, entre esos 300 adolescentes iba yo. Cabe destacar que, hasta ese 19 de junio de 1998, yo JAMÁS había salido del país. Es más: prácticamente ni siquiera conocía nada fuera de mi ciudad (y gente, San José no es Nueva York). Viniendo de un barrio de clase media-baja de un país tercermundista, la palabra “Europa” (porque para los latinoamericanos la mayor gracia de ese viaje era ir a Europa, así como para los europeos la mayor gracia era ir a América Latina), venía envuelta por un aura de misterio medieval y sofisticación a la cual solo mis compañeros de colegio de más plata tenían acceso. Sí, los mismos que se sentaban a la par mía en clases, pero de quienes me separaba una brecha económica monstruosa, y a quienes veía partir verano tras verano en intercambios escolares, viajes familiares y otras aventuras destinadas a los criollos de mayor alcurnia.

En fin, podría seguir por algunos párrafos más y ni aun así lograría describirles lo pola que era yo en el momento en que, finalmente, después de haber escrito un ensayo y asegurar en una entrevista ser todo terreno y que odiaba el maquillaje, me gané una de las tres plazas destinadas a costarricenses para ir a la Ruta Quetzal en 1998.

Por supuesto, yo no sabía en lo que me estaba metiendo… Yo nada más vi la convocatoria al concurso en el periódico, fui a la cocina de mi casa a pedirle permiso a mi mamá para irme a Europa como quien le pide permiso para ir a un baile del cole y, después de escribir un ensayo sobre la guerra hispano-estadounidense, ¡pum! Ahí estaba yo, en Madrid, cuando aún me peinaba de dos colitas.

Como si ese shock cultural fuera poco, la Ruta Quetzal, al menos en mis épocas, era un viaje del cual podías salir por dos puertas: odiando para siempre los viajes de mochilero o perdiéndote para siempre en los múltiples caminos que tiene el mundo e inventando, incluso, aquellos que no existen.

Campamento en Venezuela. Ruta Quetzal 1998.

Campamento en Venezuela. Ruta Quetzal 1998.

Porque la Ruta no es para cobardes. Ponete a convivir con 300 adolescentes de 40 países, acampando por dos meses, caminando por horas, sin bañarte por días y días, comiendo pésimo (a mi ruta se le conoce como la “ruta del hambre”) y no es de extrañarse que más de uno se hubiera regresado a casa (de hecho, una de las tres ticas que fuimos ese año se devolvió a los 15 días porque no lo aguantó). Yo misma estaba desesperada por regresarme. Lo que sucede con la Ruta es que tiene su truco: todo es pago, pero si te portás mal o querés desertar, tenés que pagarte el boleto de regreso. Y a mí, mi mamá me lo dijo muy claro en el aeropuerto: “Usted o se porta bien o se regresa nadando, porque en esta casa no hay plata para pagarle un tiquete de vuelta”.

Por lo tanto, me quedé los dos meses enteros, quejándome como ejercicio diario, escapándome siempre que podía, extrañando el gallo pinto y haciéndome catárticamente amiga de todos aquellos quienes creían como yo que, efectivamente, todo era una mierda (cabe aclarar que yo solía ser una adolescente muy simpática y que para mí, de todas maneras, todo siempre era una mierda).

Con mi grupo, el 3. Yo soy la del pañuelo rojo Rambo-wanna-be en la esquina superior izquierda. Eran otras épocas definitivamente. Sevilla, España.

Con mi grupo, el 3. Yo soy la del pañuelo rojo Rambo-wanna-be en la esquina superior izquierda. Eran otras épocas definitivamente. Sevilla, España.

Cuando regresé a Costa Rica dos meses más tarde y siete kilos más flaca, juré y rejuré que no había mejor país en todo el orbe, que jamás me volvería a ir y que adoptaría la “Patriótica Costarricense” como bitácora de vida para conformarme con una milpa y buenos bueyes (eso es de “Caña dulce” más bien, pero bueno, también aplica).

¿Cómo es entonces que, 18 años más tarde, leo la noticia de que Miguel de la Quadra ha muerto, no estando en mi suelo criollo, sino en el suroeste de China?

“No puede ser peor que la Ruta”

Siempre que me encuentro en una situación complicada en algún viaje, me lo repito: “No puede ser peor que la Ruta”. No importa si estoy atrapada en una tormenta entre la frontera entre Mozambique y Malawi, si estoy en un bote a punto de volcarse en el picadísimo mar de Andamán o si, como me pasó la semana pasada, se me descompone la moto en medio de una carretera en Vietnam. “No puede ser peor que la Ruta”. Curiosamente, ese mantra automáticamente me calma.

Es raro, quizás, que yo haya terminado dedicándome a ser escritora de viajes después de mi trauma con la Ruta Quetzal y de haber despotricado contra ella y contra Miguel de la Quadra al grado de hacer todo lo posible por ganarme el título del Grinch de la ruta.

Pero viéndolo bien, no es raro para nada. Me gusta pensar que el virus mochilero me picó desde que me regalaron un globo terráqueo lo más sin gracia en Navidad cuando tenía siete años, y me dio por jugar con él de que mis Barbies iban a un concurso de televisión donde se ganaban un viaje. Posiblemente, fue en ese momento. Pero los primeros síntomas de ese virus se manifestaron en toda su intensidad durante la Ruta. Fue ahí cuando me di cuenta de lo que es realmente viajar.

Viajar no siempre es fácil. Te vas a enfermar, a enfermar hardcore, hasta pasar dos días internada en un hospital de la India. Te vas a cansar, a cansar en putas, hasta que te orinés en la cama como cuando eras niña y no te des ni cuenta. No toda la comida te va a caer bien, de hecho, te va a caer de la patada muchas veces, hasta que no seás capaz ni siquiera de beber un sorbo de agua después de pasar ocho horas vomitando en un bus en Guatemala. Vas a echar de menos tu casa y nunca vas a poder volver a ella, porque tantos lugares se convertirán en tu casa que ya no habrá un sitio concreto al que llamar “hogar”. Vas a llorar muchas veces, por muchos otros motivos que caerte en la oscuridad en medio de una laguna de vómito ajeno, por hombres, por soledad, por impotencia, por ver bebés cubiertos de moscas en las escaleras sin saber si están vivos o muertos. Viajar es, de hecho, casi tan doloroso como placentero. Porque todo viaje que valga la pena conllevará siempre algo de sufrimiento. Porque crecer siempre duele.

Eso fue lo que me enseñó la Ruta. Me enseñó que, por lo general, todo lo que vale la pena, cuesta. Pero lo vale. Por la gran puta, lo vale.

Yo en los Himalayas, en la región de Cachemira, India, 15 años después de la Ruta.

Yo en los Himalayas, en la región de Cachemira, India, 15 años después de la Ruta.

Por todo eso, por las almas gemelas que me permitió conocer en ese viaje aquel verano de 1998 y por hacerme la mujer que soy, es que hoy, mientras camino por las calles de Lijiang, en el suroeste de China, siento agradecimiento hacia Miguel de la Quadra y su idea delirante de llevarse a 300 adolescentes todos los años a recorrer mundo. Lo miro como ve uno a esos profesores del cole que terminan siendo parte de pesadillas recurrentes, pero que es solo hasta que te convertís en adulto, y que por fin tenés la distancia suficiente para entender cómo se conectan todos los puntos en tu historia y qué figura forman, que entendés por qué parecían ser tan duros con vos. Lo fueron porque son quienes te enseñaron cómo es realmente la jugada.

Aunque no abandono mi criticidad hacia la Ruta y siempre seré el Grinch, hoy, 65 países más tarde, le agradezco a Miguel haberme lanzado a la parte más honda de la piscina para entender que el mundo no es perfecto, pero  no por ello deja de ser mundo. Y es que bueno, ¿qué se podría esperar de un viaje organizado por un hombre que estuvo condenado a muerte en el Congo por su trabajo como periodista durante la guerra y que se escapó gracias a la ayuda de unos periodistas cubanos? Definitivamente, no un paseíto por el parque.

Que mi primer viaje haya sido organizado por él me dio al menos una chispa de alguien que se atrevió a recorrer todos los caminos y a inventar, incluso, aquellos que no existen.

Le deseo a él un buen viaje en su viaje más largo. El más largo de todos.

quetzal volando

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4 Comments

  1. Acaba de pasarme tu artículo Arturo, de la Ruta 2000, compañero mío de aquella nuestra aventura.

    Ha sido agridulce leerte, porque por un lado me da nostalgia y pena pensar que Miguel ya no va a estar, pero emoción porque me encanta la visión que trasladas justamente ambivalente de lo que significa viajar y la Ruta.

    Felicidades por tu literatura. Un abrazo

    • Así que viviste la Ruta con Arturo, jajaja… Eso debió de ser tooooda una experiencia. Me acuerdo de cuando Arturo ganó su plaza para ir a la Ruta. No nos conocíamos. Él estaba en el colegio y yo ya en la universidad, pero ambas instituciones eran del mismo dueño y compartían instalaciones. Entonces comenzaron a decir por unos parlantes que Arturo se había ganado la Ruta y yo pensando: “¡No sabe ese pobre en lo que se metió!” 😀 En fin, me alegro de que te haya gustado y mil gracias por el comentario. ¡Abrazo de vuelta!

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