Y cuando salió el sol una vez más…

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A la mañana siguiente, me despierto y salgo al balcón a fumarme un cigarrillo. Poco a poco sale el sol, después de días de lluvia. Claro, me voy y me llevo mi nube  conmigo. Hace ya 7 años, me dijo que cerraría las cortinas de la buhardilla en Madrid para que nunca amaneciera… Pero el sol se filtró, siempre tan insolente, tan astro rey, tan dueño de todo y de nada, y con él se filtró todo lo demás: años, novios y un silencio epistolar rotundo. Hay días en que lo mejor sería que nunca saliera el sol, si son sus rayos los que me van a empujar lejos de él una vez más prefiero quedarme en las tinieblas.

Me llama Beltrán para que nos veamos para comer. Diego y él están en su casa…¡Ups! ¡Soy una bestia! Él me dio las llaves de su carro, el celular y su iPod para no tener que cargarlos en sus bolsillos, y cuando me bajé del bus luego de salir de la disco,  me quedé con todo en mi bolso. O sea, que no ha podido irse a su casa porque no tiene las llaves del carro y por eso se ha quedado a dormir donde Beltrán… Y o sea, que esta noche me hubiera podido robar un Mercedes Benz si hubiera querido… ¡Chanfle! Qué mal ride… Pero más bien debería de quedarme con todo y así tendría él que ir a buscarme a Madrid, jaja… Debería de ser más maquiavélica de vez en cuando.

Me alisto rápidamente y cuando voy saliendo de casa de Graciliano, suena su celular. Le acaba de llegar un mensaje, al parecer. Más vale que me apure para entregárselo, no sé si sea algo de su casa, puesto que no ha ido a dormir esta noche.

Donde Beltrán, comemos algo rapidito y luego nos vamos a dejar a Diego a la parada de bus, pues se regresa a Cartagena. Yo también tendré que irme en unas horas y no quiero ni pensarlo… No quiero irme nunca. Nunca… ¿Por qué me tengo que alejar de lo que busqué tanto? Pero igual, me voy. Lo que podría detenerme ya sé que no sucederá.

Parque alicante alejarse

Me alejo de vos. (Foto tomada por ÉL, de hecho).

Aún no sé si me voy a ir en bus también o en tren. No sé qué bisturí locomotivo voy a escoger para separarlo de mí esta vez. Al final acaba decidiendo él: me compra el boleto de tren. Al final, en Alicante no me ha dejado pagar más que un café. “Estás invirtiendo en que me aleje de vos y en recuperar el buen clima, ¿no?” Se ríe. Lo que sea para que nos separemos de nuevo.

Como no soy tan mala, decido darle el celular y su iPod de vuelta. Responde el mensaje, lo cual le toma unos minutos porque está contestando en alemán aparte. Su ex novia…

Nos quedan solo unas horas nada más hasta que mi tren salga en la noche. Me lleva a un parque lleno de ficus. Yo nunca he visto un ficus en mi vida. Son árboles grandes, cuyas raíces se trepan unas sobre otras en las ramas y llegan al suelo. Son árboles que nunca mueren, me dice, como me recita siempre cosas que se aprende en documentales con los cuales droga su intelecto. A mí esas habladas no me sorprenden ya en él, puede guardárselas para sus ligues, a mí me impresiona más el espantapájaros que me compró en el Rastro , o la rosa seca que me envió en una carta. Me toma una foto sentada entre las raíces de uno de los ficus, y luego varias mientras camino alejándome cada vez más y más de él, entre los árboles. Aquello parece un bosque de elfos, en el que me pierdo.

Ficus árbol

Los ficus que nunca mueren.

Luego, me lleva a ver los barcos en el muelle. Ahí, me quiere tomar una foto como la que sale en mi perfil de Facebook: yo, de espaldas, sentada en un muelle, mirando hacia el lago de Atitlán. Ricardo me hizo esa foto hace ya casi 10 años… Pero estoy tan enojada con Ricardo ahora que pienso que lo primero que voy a hacer es cambiar esa foto ya mismo. Hace mucho que no me sentía tan enojada con él, tan resentida, tan furiosa… Igual, en la foto que me toma él, como salgo de espaldas, mirando hacia el mar, hacia los barcos y hacia el castillo de Alicante no se me nota la ira. Me veo como si tuviera una paz que sé que en mucho tiempo no voy a volver a sentir. No todo hay que creérselo a los ojos y ahí estoy en la foto, sentada, mirando hacia el infinito y más allá, como si nada me doliera.

muelle puerto alicante

Alicante y yo.

Me deja un rato a solas con el mar y después vamos a su barrio. Pasamos enfrente del edificio en que vivió con su exnovia. Y luego enfrente del edificio en que vive ahora. En el piso 13. En el número 130. El último piso, cerca de esas alturas a donde yo no lo puedo alcanzar. Siempre 13, el número de la mala suerte. Allí llegaron todas mis cartas durante un año, cuando me negaba rotundamente a que nos incorporáramos a la era digital y lo obligaba a enviarme cartas escritas de su puño y letra. Me gustaba pensar que se tomaba el tiempo para tomar el lapicero con la mano, derramando la tinta sobre el papel con esa caligrafía de doctor que tuve que aprender a descifrar a brincos y saltos de mis ojos, me gustaba pensar que tendría que meterla en un sobre, cerrarla con la lengua (mmmmm…) y caminar hasta el correo y echarla en el buzón. Yo lo encontraba súper romántico y me valía un pedo que no fuera ecológico, práctico, ni rápido. El amor, de todas maneras, tampoco es ecológico, práctico ni rápido.

Nos vamos a la playa. En la novela que algún día voy a escribir sobre él y yo, ese será el final: los dos corriendo por la playa, como en Atonement, cuando la escritora decide regalarles un final feliz a su hermana y a su novio, aunque no sea verdad. Nosotros también terminaremos juntos, aunque en la vida real ya sabemos que no va a ser así. Y es que hasta el mismo destino lo indica: le pedimos a una mujer que pasa que nos tome dos fotos: una abrazados y otra separados, viendo en direcciones opuestas. ¿Y adivinen qué? La primera no sale, pero la segunda sí.

Playa Alicante

Nuestra única foto.

Es la única foto que tenemos juntos. La primera, cuando éramos adolescentes, y que también es en la playa, tuve que quemarla. La segunda, en Madrid, en la buhardilla, apuesto a que ya tampoco existe. Así que ahí está la tercera y última, los dos separados, mirando hacia lados opuestos.

En un par de horas nos separaremos…

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