Viajá con la mujer que es tu madre

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“Mami, ve: yo sé que esto te va sacar un poco de onda, pero ya yo soy una mujer adulta y vos sabés que he hecho muchas cosas. Estamos en Ámsterdam y yo aquí quiero ir a un coffee shop. Te advierto que ahí es donde fuman marihuana y está en el Red Light District, hay muchas putas y travestis, pero todo es legal, vas a ver que es muy tranquilo, no tenés por qué asust…”

“¡Jale, jale! ¡Yo quiero ir a ver cómo es!”.

Esa entusiasta respuesta la recibí de la misma señora que me arrastró todos los domingos a misa hasta que ya no pudo con mi adolescencia y que me crió en unos años 80 cuando uno tenía que cuidarse de los marihuanos, los comunistas y a veces hasta de los pitufos porque eran “satánicos”.

Pero sí, así fue como terminé con mi mamá en un coffee shop en Ámsterdam. O, más bien, terminé con la mujer que fue ella en los años 70, hablando del mae que le gustaba en la universidad y que escribía poesía y con el que nunca se casó. En fin, podría decirse que, cuando entramos por la puerta de ese coffee shop, entramos en una máquina del tiempo para sentarme con alguien que no era más mi madre, sino la mujer que ella fue cuando tenía mi edad.

Si a eso le agregamos que ese día fuimos a la casa de Ana Frank (de la cual yo creía ser la reencarnación), y que a la salida del coffee shop comenzó a nevar (y mi mamá nunca había visto nevar en su vida) podemos concluir entonces que ese fue, sin lugar a dudas, uno de los días más felices de nuestras vidas.

Mi mamá y yo en un coffee shop. Ámsterdam, Holanda.

Mi mamá y yo en un coffee shop. Ámsterdam, Holanda.

Las mamás son más que mamás

“Todas las madres son unas santas”. Esa frase la escuché en el funeral de la abuela de una excompañera mía de trabajo. “Mi mamá es un pedacito de cielo”. Esa frase se la escuché a una de mis mejores amigas, quien duda de querer ser madre y no poder cumplir con el mismo rol en todo su esplendor y su gloria.

Yo también asumo la responsabilidad de haber visto, durante prácticamente toda mi vida, a mi mamá única y exclusivamente como eso: como mi mamá. Como una santa. Como un pedacito de cielo.

Sin embargo, cuando he viajado con ella (y ojo, hablo de viajar, no de las vacaciones en Disney o de las visitas a la familia en el extranjero) he aprendido a verla como lo que es: una mujer que es mi mamá. Una mujer que, como yo, no lo sabe todo.

Supongo que eso es más evidente cuando uno viaja. Para mí, cada vez que uno llega a un país distinto, es como darle reset al botón de la vida. Por unos días, sos un niño de nuevo. No sabés leer. No sabés hablar. No sabés cómo manejar la plata. No sabés muchas veces ni cómo usar el baño. Y luego, con los días, vas aprendiendo a crecer en esa nueva realidad hasta que, más o menos, volvés a ser un adulto funcional.

Ver a tu mamá darle reset a su propia vida es, quizás, la experiencia más reveladora que podás tener como hijo. Porque entonces vas a comenzar a ver qué despierta su curiosidad, sus miedos, sus sonrisas. En fin, vas a ver crecer, delante de tus ojos, a tu propia madre.

Por ejemplo, yo he aprendido que la mía, aunque le tenga miedo al mar y a las motos, es capaz de tragárselo. A poquitos, pero lo logra. O me he dado cuenta de que se toma muchísimo mejor que yo el lidiar con borrachos en un dormitorio de hostal. También me he dado cuenta de que es tremendamente curiosa y muy open mind. O es que a ver: ¿cuántas personas pueden decir que se sentaron con su mamá en un coffee shop en Ámsterdam?

Mi mamá solo se había subido una vez en moto, por un pinche kilómetro, allá por los años 70. La segunda vez fue justo un día antes de su cumpleaños en Vietnam, la capital mundial de la moto, El miedo se le fue quedando perdido con cada kilómetro recorrido. :) Hoi An, Vietnam.

Mi mamá solo se había subido una vez en moto, por un pinche kilómetro, allá por los años 70. La segunda vez fue justo un día antes de su cumpleaños en Vietnam, la capital mundial de la moto. Luego vino la segunda vez, la tercera, la cuarta, la quinta, la sexta y un largo etcéteta, tan largo como todos los caminos por los que pasamos en el centro de Vietnam. El miedo se le fue quedando perdido con cada kilómetro recorrido. 🙂 Hoi An, Vietnam.

Y, de igual forma, me he enterado de que se arrepiente de cosas. Cosas que quizás cambiaría si pudiera regresar el tiempo y que quizás no la harían ser santa o un pedacito de cielo, pero que la hacen ser humana. Tan humana como todos nosotros.

Al menos una vez en la vida

“La verdad es que sin vos nunca hubiera venido a Asia, ni tampoco hubiera ido a Europa”, me dice mi mamá muy convencida mientras nos tomamos una birra en su última tarde en Hoi An, el pueblo en el centro de Vietnam donde decidí encallar luego de más de un año de mochilear por el continente asiático.

Me gusta pensar que tiene razón. No son pocas las personas que, aunque a veces no tengan el valor de decírmelo en la cara, juzgan mi decisión de no quedarme a vivir en Costa Rica, darle nietos y un largo y tradicional etcétera, en especial porque soy la única hija que tiene. Y hablan porque la pobre no me había visto en más de año y medio, hasta que se cansó de esperar en la casa, empacó dos kilos de frijoles molidos y otros tantos de dulce de leche (sin los cuales yo no la hubiera dejado entrar), sus libros de colorear y unos santos que son amigos de ella y se vino a visitarme a Asia.

Muchas veces no sé si la gente tiene hijos porque esperan que les hagan compañía o porque esperan de verdad que ellos tengan vida propia. En el caso de mi mamá, ella escogió lo segundo. Me dio las páginas en blanco para escribir como yo quisiera, no un cuaderno de caligrafía.

Por lo tanto, aunque obviamente no ha sido fácil para ella, ha aprendido no solo a respetar mi decisión, sino que, de rebote, ha terminado en países que siempre quiso conocer (como España o Francia) y países en los que nunca se imaginó estar, como Vietnam.

En un sitio que no ocupa presentación. París, Francia.

Nosotras en medio del frenesí de un sitio que no ocupa presentación. París, Francia.

Y, en consecuencia, pasó algo que yo nunca imaginé llegar a experimentar: conocer a mi mamá no como mamá, sino como ser humano. Como mujer. Como una mujer que no es exactamente como yo, pero que es mujer al fin y al cabo.

La verdad yo no sé todavía si le voy a dar nietos. A mí también me da miedo (o más bien pánico) no poder llegar a ser una santa o un pedacito de cielo, porque muy bien sé que no lo soy.

Sin embargo, me alegro de al menos haberle dado la oportunidad no solo de ver la torre de Pisa, de dormir en un barco en el mar del sur de China o de estar frente a la momia de Ho Chi Minh, sino de contarme tantos y tantos otros detalles que me hacen conocer cada vez más todo sobre mi madre.

Así que te lo recomiendo: al menos una vez en la vida, una única y pinche vez, andate con tu mamá a un lugar en que ella pueda ser menos mamá y más mujer. Un lugar donde no esté ahí para gravitar en torno tuyo, sino para gravitar en torno a sí misma y donde ella pueda desprenderse de ese rol de ser siempre una santa. Conocé acerca de los sueños que no nacieron en tu lugar. Aprendé por qué se podía amar a aquel hombre quien pudo haber sido tu padre, pero no lo fue. Viajá en el tiempo y sentate con una mujer que pudo haber sido tu amiga, aunque el destino no te hubiera puesto dentro de ella.

Viajá, en fin, con la mujer que es tu madre para que conozcás, en realidad, la vida de quien te dio la vida.

Viajando con la mujer que es mi madre. Da Nang, Vietnam.

Viajando con la mujer que es mi madre. Da Nang, Vietnam.

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