Un país que sólo existe en mi mente

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Cuando ya llevás un rato viajando, te das cuenta del crónico deja-vú que, inevitablemente, te ataca cada vez que iniciás todas y cada una de tus conversaciones. El eterno retorno a las mismas respuestas. El curriculum vitae básico para descubrir cómo, por qué y por cuánto tiempo tu destino, y el de otros personajes, se han cruzado en la misma página.

Y es que como si de un contrato tácito y secreto se tratara, en el mundo mochilero existe un cuestionario de rigor al que uno será sometido tantas veces como tantos desconocidos se crucen en su camino; compañeros trashumantes, entes nómadas que, al igual que vos, estarán condenados a ser sometidos al mismo interrogatorio y presentarse a sí mismos una y otra vez por lo que duren sus respectivos viajes, respondiendo siempre a las mismas preguntas estandarizadas: “Where are you from?”How long have you been in________?” (rellená el espacio en blanco según el país en el que estés). “How long have you been traveling so far?” “How long are you going to be traveling for?” “Where do you live?

A veces quisiera colgarme un cartel para no tener que seguir repitiendo las mismas respuestas una y otra y otra vez, porque tal parece que entre mochileros esto es más importante de saber que, incluso, tu mismo nombre. De hecho, a diferencia del mundo “normal”, la pregunta What’s you name? muchas veces viene de última o, incluso, puede no aparecer del todo, de modo que es frecuente que uno nunca ni siquiera llegue a tener un nombre. Así, según el pasaporte que se cargue, puede pasar uno a ser “el canadiense”, “el chileno”, “el israelí”, “la pareja de galeses”, “la alemana” y, en mi caso, “the Costa Rican girl” (nótese que ni siquiera “la tica”) y a veces hasta “the Puerto Rican girl” (lo sé, una mierda). Mientras que en Costa Rica existe “la machilla”, “el gordo” o “el mae de los dreds”, cuando viajás eso ya no importa tanto. Importa más de dónde venís y hacia dónde vas. Es como si nuestros orígenes y destinos nos identificasen más que quiénes somos en realidad.

Pero en fin, de todas esas preguntas, la que más me cuesta responder es “Where do you live?

De dónde vengo, ya lo sé: de Costa Rica. De aquí salí y no hay manera de que pueda cambiar eso, no hay máquina del tiempo que me pueda regresar a los 80 y ponerme a nacer en otro sitio, con quizás más y mejores ventajas migratorias.

Tal parece que de aquí vengo.

Tal parece que de aquí vengo.

Pero a la pregunta de dónde vivo, no tengo respuesta. Y es que, ¿qué podría definirse como mi hogar?

Si quieren argumentar materialistamente, y definir mi hogar como el sitio donde está mi casa, al menos, conmigo, toparon con cerca. Cuatro paredes donde se acumulan objetos no me pueden atar ya, sobre todo porque cuando vuelvo, me doy cuenta de que tengo mucho más de lo que realmente necesito. Es increíble cómo uno se va llenando de chunches. Me da una sensación de ahogo terrible, en especial cuando abro el clóset y descubro, por ejemplo, que tengo ocho pares de medias blancas. ¡Ocho pares! Bueno, ¿de verdad, en lo que me resta de vida, voy yo a usar sólo medias blancas una semana entera? Y si tan albino fenómeno llegase a darse: ¿dejaría yo en la canasta, por una semana, siete pares de medias blancas apestando y sucias, con lo que cuesta descostrarlas después? ¡Ni picha! ¿Y qué carajos hace en mi armario esa enagua de flores? Sí, muy bonita y femenina, quizás podría usarla para una entrevista de trabajo… aunque en diez años no he ido a ninguna entrevista en la que tenga que disfrazarme así. ¿Y en qué putas estaba pensando cuando me traje de Estados Unidos ese abrigo pesadísimo, con un estrafalario cuello de peluche, cuando he comprobado que es mucho más ligera y práctica la chaqueta roja con la que he estado viajando por el último año? Ah, sí, en ese entonces, tenía el delirio de verme como Angelina Jolie en Girl Interrupted… WTF? No es de sorprenderse que, cada vez que vuelvo, terminen fuera de mi armario al menos tres bolsas gigantes llenas de ropa.

Y es que incluso se me olvidan otras cosas que tengo. Ahora resulta ser que cuento con casi todos los volúmenes de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust (bueno, aunque los libros son mi debilidad). Y también cuento con una imitación de un gato de Botero. Y con un rompecabezas de El Grito de Munch que nunca he armado, y que no sé si armaré, porque con mi paciencia legendaria para actividades manuales-visuales… Tantos chunches… Si hasta he olvidado que existen, es porque en realidad no son tan importantes. Y si no son tan importantes, menos representan mi hogar.

Ok, queda claro que no me ancla la pesadez de los objetos. Pero, entonces, podríamos hablar de un concepto de hogar aun más amplio, más allá de cuatro simples paredes y sus banalidades ocultas. Un hogar más etéreo y sublime. Un hogar como la patria. ¿Acaso lo que caracteriza a Costa Rica no constituye un hogar? ¿Qué hay de las costumbres: del pintico con natilla, los turnos, las conversaciones entre el chifrijo y la birra?  ¿O de los paisajes: las playas, el límpido azul del cielo, el vergel bello de aromas y flores? ¿O de la idiosincrasia del tico y su célebre filosofía del “pura vida”? ¿Eso no me da la sensación de hogar?

Lo sé: Costa Rica es hermoso.

Lo sé: Costa Rica es hermoso. Peeeero…

Pues más o menos. Si bien es cierto que añoro los frijoles molidos y el plátano maduro, que lamento los eneros sin mi presencia en las fiestas de Palmares, y  que en mi lecho de muerte pronunciaré mis últimas palabras acompañadas, si se puede, de un “Diay, mae, estuvo tuanis la vara”, cada vez que regreso a Costa Rica, me siento menos y menos atada al país.

Cuando digo esto, el 90% de las veces, la cara de la gente cambia (empezando por la de mi mamá). Y aunque es célebre mi desapego a Tiquicia y consabido el hecho de que algunas de sus costumbres me sacan de quicio, más allá de esa conflictiva relación amor-odio que siento por la patria, lo que sucede es que, simplemente, las costumbres y paisajes que considero parte de mi hogar han aumentado.

La primera vez que salí de Costa Rica, lo primero que me llamó la atención fue ver cómo no todo giraba en torno a mi país de origen (lo cual me da espacio para teorizar acerca de lo efectiva que es aquí la educación cívica, digan lo que digan).

Para mejores, mi primer viaje fue en medio de un grupo de 300 adolescentes originarios de más de 40 países (con sólo dos ticas capaces de evangelizar empezando todas las frases por “mae”),  por lo que el protagonismo se tenía que dividir entre muchas banderas. Y así, entre semejante campamento cosmopolita, de pronto, el himno nacional no era más que un himno. Y nadie sabía quién había sido Juan Santamaría: de ser un héroe, volvía a ser tan sólo el nombre común y corriente de un mae desconocido, que lo mataron en una guerra hace un reguero de años, como a muchos otros. Y menos, mucho menos, era ya importante saberse los equipos de primera división de fútbol o desayunar gallo pinto (lamento decepcionarlos, compañeros ticos, pero la enorme mayoría del planeta puede vivir sin un plato de arroz con frijoles como sustento inicial del día).

Sí, ticos del mundo: es posible empezar un día sin esto.

Sí, ticos del mundo: es posible empezar un día sin esto.

En fin, lo que yo conocía como mi mundo pasó a ser mucho más amplio. Comencé a  poner en mi mesa para desayunar, aparte del pinto, té chai, cornettos con espressino freddo y shakshuka. Empecé a mirar otros cielos mucho más amplios y más límpidos que aquel donde “blanca y pura descansa la paz”, ese que, hasta ese momento, había cobijado mi cabeza. A  enamorarme de otros héroes, hechos de carne y hueso, y no del papel de los libros de historia.

Mi hogar dejó de girar en torno a Costa Rica y comenzó a oler distinto, a recibir otros protagonistas, a ofrecer otros paisajes a través de la ventana. Lo comparo como al momento en que me pasaron de colegio a uno mucho más grande y descubrí que yo no era de las más inteligentes de mi clase, sino una estudiante promedio. O más bien: como el momento en que un niño crece y abandona su egocentrismo infantil para darse cuenta de que, aparte de él, hay otras personas en el mundo.

Entonces, intenten acorralarme con la frase de agenda Hallmark, que muchos esgrimen como la definición de hogar: “El hogar está donde el corazón está”. Y, de paso, volvamos a una de las preguntas clásicas del interrogatorio estándar mochilero, otra de esas que me cuesta tanto responder: Do you miss your family and friends?

Cuando la gente me pregunta si extraño a mi familia y amigos, porque estoy lejos de Costa Rica, digo que claro. Pero el problema es que yo siempre estoy extrañando a alguien.

Eso es lo que me parece la parte más dura, difícil y dolorosa de viajar: nunca, jamás, voy a tener a toda la gente que quiero en un mismo sitio. Siempre habrá alguien que falte. Amigos que son tan importantes como mi familia, porque son la familia que yo he escogido. Gente esencial en mi vida.

Esa es la peor parte de viajar: decir adiós. El precio más alto, mucho, infinitamente más alto que cualquier tiquete trasatlántico. La mayor parte del tiempo, tengo la sensación de ser como Ulises 31 (si no se acuerda de esta serie de los 80, acuda al treintañero más cercano a usted). Pero, si no hay ninguno en los alrededores, los ubico: Ulises 31 era una serie de dibujos animados que narra la Odisea de un hipotético Ulises en el siglo 31. Condenado por la ira de los dioses (que tal parece que si son eternos, considerando que los maes monopolizan la vara desde el siglo VIII a.C. más o menos hasta el siglo 31), Ulises peregrina sin rumbo, va viajando por las galaxias, en una nave espacial dentro de la cual, en uno de sus compartimentos, carga con todos sus amigos que duermen un sueño profundo, flotando bizarramente, hasta que a los dioses del Olimpo les dé la gana perdonarlo y se vuelvan a despertar. En toda la serie, de 26 capítulos, los compas del mae sólo se despiertan como en dos episodios. Pues bueno, así me siento yo: viajando, con los recuerdos de mis amigos flotando en mi mente, con la esperanza de que despierten de nuevo para volver a pasar juntos aunque sea una diminuta, mínima y fugaz porción de nuestras vidas. Por eso es que el tiempo que paso con ellos es tan valioso para mí: porque sé que no será para siempre. Es triste, pero a la vez te libera del peor de los errores: creer que siempre tendrás tiempo.

Ulises 31 y sus amigos durmiendo... bizarro, pero ilustra cómo me siento.

Ulises 31 y sus amigos durmiendo… bizarro, pero ilustra cómo me siento.

Si el hogar está donde está el corazón, entonces no es de sorprenderse que yo no tenga ninguno en específico. Yo dejo un pedazo de mí en cada sitio al que voy y en cada persona que conozco. Y para volver a estar en casa, necesitaría juntarlos a todos en un sólo lugar. En ese lugar que no existe. En ese sitio que sería algo así como el paraíso.

Quizás por eso es que nunca voy a encontrar un lugar al que pueda llamar hogar. Sin contar que aún no he estado en el sitio perfecto, conformado por todos esos retazos de lugares en los que he estado y que vendría a ser más o menos así: una ciudad de tamaño medio tirando a grande (como San Francisco), con un excelente sistema de transporte público (como París), con una playa paradisíaca (como Sri Lanka), con montañas de nieve cerca (como Innsbruck), con gente amable y alegre (como Latinoamérica), con una vida nocturna de lunes a lunes (como Berlín), con una arquitectura para caerse de espaldas (como Barcelona), que sea barata (como India) y donde de feria tengo que llevar a vivir ticos, estadounidenses, argentinos, peruanos, mexicanos, serbios, salvadoreños, hondureños, israelíes, guatemaltecos, españoles, colombianos, ecuatorianos, brasileños, chilenos, austriacos, británicos, portugueses, alemanes, belgas, holandeses, mozambiqueños, griegos, indios, japoneses, canadienses, australianos, zimbabwenses, kosovares, bolivianos, finlandeses, nicaragüenses, eslovacos, coreanos, croatas, daneses, cubanos, dominicanos, rusos, italianos, georgianos, etiopíes, malayos, suecos, ucranianos, franceses, húngaros, venezolanos, islandeses, letones, macedonios, nepalíes, neozelandeses, polacos, rumanos y uruguayos.

Aquí es donde vivo.

Aquí es donde vivo.

No. Puedo responder a casi todas esas preguntas del cuestionario mochilero. I come from Costa Rica. I have been traveling in ________ for ___ weeks and in total______ months. I don’t know for how long I am going to be traveling for. Pero a la pregunta de dónde vivo no tengo respuesta.

Yo vivo en un país inventado, donde los desayunos un día saben a masala y al siguiente a Nutella, donde nieva sobre un mar turquesa, habitado por gente que se ha ido y que no sé si volverá y donde los recuerdos, mezclados con el oxígeno, se le meten a uno hasta el alma con cada respiro.

Un país que sólo existe en mi mente.

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