Qué difícil es querer a un soldado israelí

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A él

Me peina suave, tan suave, tan suavemente que podría seguir escribiendo suave por todos estos párrafos  y, ni aun así, podría describir lo suave que lo hacía. Como si de verdad el cabello pudiera dolerme. Me parece increíble que con esa mano tan grande pueda hacer algo tan delicado. Y, mientras lo hace, me parece increíble que, con esa misma mano, con la que con tanta suavidad él más bien me acaricia el cabello con un simple peine, pueda también disparar un fusil.

Una mano puede servir para tantas cosas…

Madame, a man from Israel came looking for you-me había dicho el encargado de la casa de huéspedes en que me quedo en Udaipur, una ciudad sitiada por lagos y  por palacios, más o menos similar a la India romántica que yo tenía en mente antes de toparme con… bueno, con India.

Sabía que él vendría. Pero, aun así, no puedo evitar sentir mariposas en el estómago. Yo no creo que digerir insecto alguno pueda detallar exactamente lo que siento, por mucho que revolotee dentro de mí; utilizo simplemente esta frase tan común para que el común denominador de la gente, que en algún momento la habrá  empleado, sepa más o menos de qué estoy hablando. Más o menos, porque creo que solo yo experimento esa tensión que se siente en la panza y que, como si de alguna extraña manera accionara la marioneta que somos, automáticamente me levanta la comisura de los labios en una sonrisa, estúpida quizás, pero que me sale de lo más profundo de donde vienen las sonrisas.

Así que ha venido. Yo regreso a la habitación, después de haberme dado una ducha, con el cabello húmedo y enredado, como de alguna manera me estoy enredando yo con él con cada día que pasa.

Do you want me to comb your hair?

Podríamos haber tenido sexo en ese momento…  Pero no. Él ha elegido peinarme. Algo que casi ningún hombre ha hecho por mí en mi vida. Ya lo supe yo cuando, algunas noches atrás, accidentalmente me golpeé la cabeza contra el suelo y él resolvió el asunto dándome un beso en la frente. Este hombre no solo podría cogerme. Este hombre podría cuidarme.

Y entonces, él me peina tan suave, tan suave, tan suavemente que ni siquiera me está desenredando el cabello. No puedo explicar lo suave que lo hace, no existe un lugar común como el de las mariposas en el estómago para que la humanidad me entienda, porque estoy segura de que a casi nadie lo han peinado con tanta suavidad en la vida.  Y yo no puedo dejar de pensar en que, con esa misma mano, con la que no sabe peinar, sí sabe disparar un fusil

Una mano puede servir para tantas cosas…

 

 

Why do they hate us so much?-me pregunta.

En estos días, ha sido inevitable que se me venga a la cabeza, lamentablemente no porque siga ahí con todas las mariposas ficticias que alguna vez lo acompañaron, sino porque  él viene incluido cada vez que escucho la palabra “Israel” y ustedes saben la cantidad de veces que la escucha uno en estos días. Eso suele ocurrir cuando uno viaja: los países dejan de verse como banderas y se transforman en personas. Quizás es por eso que, en días recientes, he recibido tantas felicitaciones por la actuación de Costa Rica en el Mundial, aunque yo sepa tanto de fútbol como él de peinar.

I think is because you guys are such a closed community. No one knows too much about you people. Many of you have a lot of money and here in San Jose the Jews have a synagogue that looks like a fort...

That’s no reason to hate anybody!

Es lo único que se me ocurre. Porque no entiendo por qué, de entre todas las tragedias que ocurren en el mundo (la invasión a Afganistán, la guerra en Irak, las cruentas masacres en el Congo, y un largo y doloroso etcétera, como ráfagas puede lanzar una ametralladora) es el conflicto Israel-Palestina la muñeca ensangrentada que todos acunan con tantas pasiones encendidas.

It must be because we killed Jesus.

Recuerdo cuando hace más de una década me despidieron de mi primer trabajo. Mi jefe era judío. Discutiendo sobre el conflicto Palestina-Israel, me dijo que yo pensaba tan izquierdosa y pro-palestinamente porque a los 20 años si no lo hacés no tenés corazón, pero si a los 30 años lo seguís haciendo, no tenés cerebro. “Qué dicha que me avisa”, le respondí. “Porque si a los 30 llego a ser como usted, a los 29 me tiro de un puente”.

Pero ahí estoy yo, a mis 32 años, escuchándolo hablar a él, quien también es judío y por quien me he quedado con un boleto de bus en el bolsillo, en vista de que al amanecer, mientras las mezquitas llamaban a orar, la circunferencia de sus brazos a mi alrededor me pareció más interesante que la del mismo mundo.  Un poder que, desde hace muchos años, ningún hombre ha tenido.

Acabamos de cenar por el Sabbath, con velitas, una copa que pasó de boca en boca y otro montón de costumbres muy distintas a lo que yo hago un viernes por la noche. No ha sido su idea, obviamente. Este mae detesta la religión, el origen de todos los males según él. Lo que sucede es que en este hostal en que nos encontramos prácticamente solo hay israelíes. En India ves israelíes por todas partes. Vas a un café internet y los teclados están en hebreo. Vas a un restaurante y tienen shakshouka para desayunar. Caminás por la calle y hay beit chabats, sucursales de Israel en miniatura. Están por todas partes, como las vacas y como los rickshaws. Ahorran para irse apenas acaben el servicio militar (tres años para hombres, dos para mujeres). De ahí proviene el prototípico chiste de cuántos israelíes hay: “Como 7 millones”. “No, pregunto por cuántos israelíes hay en Israel, no en India”. Terminás, entonces, conociendo chicas que a sus 19 años ya sabían conducir un tanque. A los 19 yo no sabía ni manejar. “Venimos a India porque es más relajado”, me dice una chica, que se la pasa hablando de maestros de yoga como hablaría yo de Saramago, de Cortázar, de Dostoievski. “Venimos a India porque en Israel no vivís en paz”, me dice un mae de mi edad, quien se tragó todo el conflicto con Hezbolá, hasta intoxicarse. “Venimos a fumar hachís y a olvidarnos de todo”, me dice otro, más sincero y más mafufo.

Igual, aunque son tan parte del escenario mochilero que cualquier película de backpackers ambientada en India debería tener, forzosamente, al menos dos extras israelíes, hacerse amiga de ellos es casi imposible. Muchos, con un inglés que da lástima, te hablan un poquito, pero de inmediato se cierran y construyen una muralla de hebreo de derecha a izquierda. Pero tal parece que, desde que él y yo dormimos en el mismo cuarto, puedo yo sentarme también a la misma mesa. Igual, él no deja que hablen en hebreo delante mío, aunque insista yo en que me parece increíblemente sexy escucharlo hablar.

Ya tengo 32 años y no me he lanzado desde ningún puente. La profecía no se ha cumplido, ya decía yo que mi jefe era un idiota: sigo inclinándome hacia la izquierda y sigo siendo 100% pro Palestina. Es decir que, en teoría, yo estoy durmiendo con el enemigo. O él está durmiendo con la enemiga, no lo sé. A mí me parece que ambos estamos durmiendo, en la práctica, con una persona que simplemente nos gusta mucho.

Lo escucho hablar. Toda mi vida me he caracterizado por ser de esas personas que les encanta discutir, casi por deporte para mover la lengua. Pero esta vez he decidido solo escucharlo. Por una vez en la vida voy a escuchar para entender, no para responder. Sigo sin justificar lo que hace Israel, pero quiero entender por qué funciona así. Porque odiar a Israel no ayuda absolutamente en nada tampoco.

Me sorprende con la pasión que habla, en especial porque no estoy yo precisamente dándole la mano a Theodor Herzl. Este mae es de lo menos judío que hay, creo que tengo más ganas yo de ser judía que él. Ni siquiera vive ya en Israel porque simplemente no lo soporta. Lo enferman los demás israelíes, que insisten en cantar canciones  en hebreo en la azotea del hostal. No la pasó precisamente bien en el ejército, cuando hasta por dos semanas no se podía ni siquiera quitar las botas porque había que estar siempre listos y se quedó medio sordo de los balazos en las prácticas de tiro. A veces ni siquiera dice que es de Israel, porque le harta tener que soportar preguntas tipo Do you like to kill babies? Y, al final del viaje, seré yo quien lo acompañe por tres largas horas, hasta que se cubra con otro tatuaje esa estrella de David que se hizo a los 15 años y que no la quiere ver en su brazo nunca más.

Pero aun así, este mae cree firmemente en Israel. Imagino que ha de ser porque mientras yo a los 17 años escogía a cuál universidad quería ir, ellos a los 17 están pensando a cuál unidad del ejército van a ingresar. Ha de ser porque mientras mi abuelo me contaba acerca de sus escapadas en bici por San José cuando era joven, a estos sus abuelos les cuentan cómo se escaparon de una cámara de gas. Y porque yo nunca he usado ningún uniforme que me merezca la admiración de nadie, mientras que ellos son vistos como héroes al caminar por las calles de Tel Aviv, de Jerusalén y de todos esos sitios que por milenios han creído que son suyos. “Cuando pasó el holocausto, no teníamos ejército propio, no podíamos defendernos nosotros mismos. Ahora, los tenemos a ustedes”. Me figuro que ha de ser porque en mis fotos de Facebook mis amigos no salen con ametralladoras a la par de una Coca Cola en una inocente carne asada. Ha de ser porque yo he crecido escuchando que los nicas hablan feo y que los ticos nos creemos los argentinos de Centroamérica, pero nunca he visto a ningún nicaragüense explotar enfrente mío en el Mall San Pedro ni ellos tampoco han visto a ningún tico bombardeándolos. Supongo que ha de ser porque yo no repito con tanta convicción “Never again, never again” porque no hay nada en la historia de Costa Rica que tengamos pánico de que vuelva a repetirse. Costa Rica, la que no tiene ejército casi desde la misma época en que se fundó Israel, y donde la mayor preocupación en estos días es hacer que vuelva Pinto a entrenar a la selección de fútbol, para salir a emborracharnos todos en la Fuente de la Hispanidad en algún momento del 2018.

Why is there no Russian-Ukrainian protest? Or African Muslims killing tribal village people and selling young girls into slaves protest? Or the 1000000000 of people dying in Syria protest?

-Maybe because the media doesn’t care…

Pero no. No son los medios. Todo el mundo sabe quién es el Dalai Lama, pero a casi nadie le importa que el Tíbet haya estado ocupado casi por la misma cantidad de años que lleva de existir Israel y que hayan muerto más de 1.200.000 tibetanos por la ocupación de China. ¿Y debajo de qué piedra paradisiaca vive quien no sepa de Siria? Y si lo único que ven es Facebook, ¿no se toparon con un Bring back our girls hashtag?

-I don’t know. I really don’t know. Y es que realmente no lo sé. Venimos de universos diferentes. En el mío, en el colegio yo iba de paseo al volcán Poás y a la Tosty a ver cómo se hacen las papas tostadas. A los israelíes los llevan a ver campos de concentración en Europa.

I’m telling you. It’s the Jesus thing.

 

 

Esta noche salimos a una discoteca. Estamos en Goa, una de las capitales mundiales del trance, en el sur de la India, donde por fin (¡por fin!) puedo ponerme shorts, pegarme la fiesta y fumar en la calle sin que  la gente me sume más reencarnaciones hasta que aprenda a no dejarme llevar por el hedonismo de la decadencia de Occidente.

India ha sido tan, pero tan duro para mí… De modo que estoy realmente satisfecha de que este sea el último capítulo del viaje que coincide con ser uno de los períodos más felices de mi vida: todo lo que hacemos por tres semanas es levantarnos tarde en la mañana, escoger dónde vamos a desayunar, recorrer en moto playa tras playa y en la noche saltar por las discotecas hasta que no nos quepa más cerveza o amanezca, lo que suceda primero.

Yo acabo de salir del hospital. Nadie puede irse de India sin pasar al menos una noche abrazado a un suero intravenoso. ¿Qué clase de viaje sería ese? Por suerte, ahí estaba él, para llevarme al hospital, traerme el pasaporte, el dinero, la mochila y todo eso que a mí no se me ocurrió llevarme conmigo en el momento en que le dije: “Pará la moto, que me voy a desmayar”.

Esta noche no puedo tomar, pero igual me apunto para salir con la gente del hostal; con el trance me basta. Nos entremezclamos etiopíes, australianos, indios, holandeses… Es curioso. Si todos hubiésemos vivido hace 70 años todo sería tan diferente. Esos simpáticos maes alemanes, quienes andan mochileando el mundo por un año, tendrían que empujarlo a él a subirse a un vagón de ganado para llevárselo a un campo de concentración. Y ese inteligente inglés, quien parece serlo aun más cuando esta pijiado, tendría que matar a los alemanes. Y ese austriaco que a mí me cae tan bien, que ha venido a ayudar a unos amigos a abrir un Biergarten en Goa, tendría que matarlo al inglés. Y  ese francés, que baila tan bien y que se ha hecho un tatuaje para recordar a su mejor amigo (fotoperiodista secuestrado en Siria) tendría que matar al austriaco. Suerte para nosotros que vivimos 70 años después y podemos irnos todos de fiesta.

Viajar es encontrar comunes denominadores con gente con la que no tenés, prácticamente, nada en común. Pero existen. “¿No es curioso?” me dijo otro israelí que conocí al inicio de mi viaje por India, cuando fuimos juntos a cenar y nos sentamos al lado de un grupo de indios. “Todo el mundo se divierte casi de la misma manera. A prácticamente toda la humanidad le parece divertido sentarse a una mesa con un grupo de amigos”. Es cierto. En este caso, lo que nos une es ir a bailar. Bailar, esencialmente, es casi lo mismo en todo lado: un grupo de gente en un cuarto, moviéndose como puede al ritmo de sonidos, la mayoría de las veces sin tan siquiera mirarse a los ojos.

Le comento a él que es curioso cómo eso nos une. Todas las discotecas a las que he ido son el mismo pedo, pero con distinto olor: en Alemania, en India, en Mozambique, en Argentina… Una vez fui a una en Malawi y salí de ahí de la mano con un libanés, porque también es común denominador embriagarse de hormonas; el sexo es prácticamente igual en todas partes, aunque los orgasmos se griten en diferentes idiomas.

Why did you sleep with a Lebanese?-me dice, sorprendido.

Well, the same reason why I sleep with you. I liked him.

Es curioso. En días anteriores le he hablado de otros maes y simplemente me ha escuchado. I don’t own you. You are a woman, you can make your own decisions. No es para nada celoso. Pero el libanés es otra historia.

O quizás es la misma historia. Quizás es que no sé cuántos años tendrán que pasar para que árabes, palestinos e israelíes puedan salir juntos a pegarse la fiesta una noche. Mientras tanto, se seguirán matando. Porque antes de este libanés con el que fui yo a una discoteca en Malawi y este israelí con el que estoy en una discoteca en India, hubo otro libanés y otro israelí y otro palestino que murieron y que fueron reemplazados por estos. Y antes de ellos, hubo otros. Y antes de esos, otros. Y otros. Y después de este israelí con el que yo estoy y el libanés con quien estuve, habrá otros. Y después de ellos, otros. No importa cuánto se maten, siempre habrá otros. Y así es como esto nunca se termina.

Ellos no se conocen detrás del muro. Solo ven hombres bomba, militares, terroristas. No ven a los maes que se sientan a una mesa a conversar con los amigos. No ven a los maes que se pegan la fiesta. No ven a los maes que también sienten mariposas en el estómago y que también sienten miedo.

No ven, en fin, a los hombres que yo podría amar.

 

 

La gente se ve más inocente que nunca cuando duerme. Es, ese, su máximo grado de vulnerabilidad. Cuando vuelven a ser niños de nuevo. Antes de que la vida se les complicara tanto como para tener que agarrar un arma.

Trato de no mirarlo mientras duerme, porque nada me parece tan freaky como despertarte en la mañana y que alguien te esté observando, justo en ese momento en que has vuelto a quedar tan indefenso como en aquellos días lejanos, cuando las pistolas solo disparaban agua.

Pero, de alguna forma, no puedo dejar de mirarlo cada tanto. Supongo que trato de explicarme a mí misma por qué me siento tan irresistible e incoherentemente atraída hacia él. Una de mis contradicciones más inexplicables, en especial considerando que, la primera vez que vi un soldado en mi vida (que al vivir en Costa Rica no tan casualmente coincidió con la primera vez que salí del país), casi me cago del miedo.

A veces creo que en una vida pasada debí haber sido esposa de un soldado. Porque otra forma no encuentro de explicar esa contradictoria atracción que me despiertan los militares, como si de alguna forma ellos reencarnasen dentro de mí a esa ama de casa de los años cuarenta que seguramente fui en otra vida no tan lejana y que, pacientemente, esperó en la sala de su casa, mirando el jardín cambiar de color con los soles de los días que pasaron sin que él regresase.

O quizás sea que tengo una fijación por los hombres de uniforme. O tal vez sea toda la testosterona que representan. O quizás  es que me he creído, de alguna sociológica manera, ese papel de ángel de la guarda que se nos ha endilgado a las mujeres por siglos. Porque así como a los hombres desde niños los enseñan a ser héroes, a las mujeres nos educan para ser ángeles. Sobre ellos se escriben las historias desde machistas tiempos inmemoriales, son ellos quienes pelean con cíclopes, destazan enemigos y vagan por la infinidad de los mares, con tantas líneas por escribirse como olas tendrá el océano de su historia. Y, mientras tanto nosotras, las mujeres, nos quedamos tejiendo y destejiendo nada más, la luz al final del túnel. Pero, al final, somos nosotras las que ponemos a toda esa masculinidad de rodillas, porque estamos ubicadas en las últimas páginas del libro, donde se escriben los finales felices. Y, seguramente, en mi arcaica formación occidental, se me ha activado el gen de Penélope y mi autoestima retrógrada femenina se siente satisfecha de que, después de años de ejército, yo sea el ángel del final de la historia de este héroe, aquí, en esta cabaña de una playa medio perdida, con la que él más de una noche en que, dormido como está ahora, soñase cuando todo ese árido desierto, rodeado de otros hombres tan solos como él, se convirtiese en una playa paradisíaca con una mujer a su lado. Y esa mujer soy yo.

¡Noooooooooo, qué va! Yo no me creo ese cuento épico como no me creo que existan los dioses del Olimpo. A lo sumo, La Ilíada es uno de mis libros favoritos porque, precisamente, en él no están tan marcados maniqueístamente quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Lo mismo puede una enamorarse de Aquiles que de Héctor. Yo, en lo personal, prefiero a Héctor.

Pero, en vista de que esto no es La Ilíada, ¿qué pasa si estoy durmiendo yo no con el héroe, sino con el villano? Porque aunque por algún breve retroceso a esos arquetipos de leyendas infantiles sea que me sienta yo tan atraída por él,  definitivamente todo esto choca con la hippy que fui hace más de diez años y que le escupía a los militares en la cara, entre contradicciones y girasoles. Choca con la adolescente que pensaba que el único hombre capaz de agarrar un arma con el que dormiría sería con el Ché Guevara, muerto ya, de modo que cualquier copulación se tendría que limitar a un bizarro experimento patrocinado por una ouija. En fin, ¿qué putas hago yo con este mae? ¿Por qué mi cerebro, que segrega convicciones, segrega también estas sustancias que me hacen querer abrazarlo y no dejarlo ir más? Debí haberme lanzado del puente a los 29 años. Porque ahora, todo este conflicto de antítesis lo tiene que resolver mi yo de 32 años. Aquí, en esta cama. Y, de feria, tengo que lidiar con toda esa mezcla de miedo de que él algún día regrese a luchar por esos pedazos de desierto por los que el mundo se pelea, tengo que lidiar con toda esa mezcla de tremenda lástima que me da que él haya crecido en un lugar que, de alguna u otra forma, lo obligó a ponerse un uniforme, tengo que lidiar con toda esa mezcla de repulsión porque estoy durmiendo con todo lo que prácticamente he odiado toda mi vida.

¿Por qué lo que pienso y lo que siento no pueden ser coherentes, por la gran puta?

Porque, si hay algo de lo que estoy segura, es que yo no estoy durmiendo a la par de ningún monstruo.

You are like an angel-me dijo la noche anterior, cuando yo había hecho lo que desde hace años no hacía: llorar por tener que separarme de un hombre para regresar a ese lado del espejo que es mío, donde no existe ejército, y él regresar al suyo, donde tienen a uno de los ejércitos más poderosos del planeta.

No, no soy ningún ángel. Soy simplemente una mujer más de todas las que habrán de estar a su lado. Pero de alguna manera, él siempre será mi héroe. Odio comenzar a enamorarme. Y odio, especialmente, haberme convertido en un ser tan egoísta, cuya maldad de este hombre se resume en que me deja en unos días para volver a Israel. Pero es eso lo único que me hiere de él. Nada más.

Y, de pronto, él se da media vuelta y, aún sin abrir los ojos, extiende la mano y la entremezcla con mi cabello. Una mano puede servir para tantas cosas… Esa es la dualidad de los hombres, por la cual me encanta tanto ser mujer. Nosotras la podemos catar. Mientras entre ellos arrastran todavía ese código de las cavernas de competir por ver quién es más macho, nosotras tenemos acceso a ese otro envés.  El envés que permite que una mano, que sabe disparar un fusil, también sepa acariciarte.

Qué difícil es querer un soldado israelí… Porque te pone contra la pared,  porque hace que te tragués todas tus sabihondas teorías de Chomsky y de Galeano, porque te hace ver que el mundo es más complejo de lo que creías, porque te das cuenta de que tenés derecho a opinar, pero no a juzgar, porque te abre la lata de atún de tu cabeza con un abrelatas de realidades ajenas, porque hace que te convirtás en una persona que juraste nunca llegar a ser, porque te desbarata tus ilusiones infantiles de que en el mundo hay buenos y malos, Super Mario Bros y Bowsers, Autbots y Decepticons, Supermanes y Lex Luthors, porque te mezcla tu sencillo blanco y tu sencillo negro en miles de colores indescifrables, porque te hace no solo aceptar las contradicciones humanas sino incluso amarlas, porque te quema tus altares de verdades absolutas con cada beso.

Qué difícil que es querer a un soldado israelí… No porque lo que él haga o piense lo convierten en un villano. Qué difícil que es querer a un soldado israelí porque  te hace no querer ya a un príncipe azul sino, simplemente, al hombre detrás del soldado.

Nota: El soldado que sale en la foto no es él. Aunque tengo fotos de este mae, quise respetar su privacidad, como lo he hecho con los hombres que han escrito un capítulo en mi vida. 

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