¿Por qué viajo sola?

Standard
Compartí este post por:

Facebooktwittergoogle_plusmail

Porque me tocó hacerlo. Así de simple.

Lo siento si esperaban una oda al “quiero encontrarme a mí misma” de mujer psico-espiritual-yogui-wannabe; o una oda al “lo hago para probarme a mí misma” de mujer independiente-omnipotente-mochilerofeminista, o algo por el estilo, pero les confieso algo: la verdad a mí no me gusta viajar sola.

Nunca me ha gustado. Y eso que yo valoro profundamente mis ratos conmigo misma (escribir es un acto solitario al fin y al cabo). Pero no, la verdad no me gusta viajar sola.

Desde la primera vez que salí del país me di cuenta. No solo porque es bastante gacho enfermarse sola, perderse sola o rascarse la espalda sola, sino porque es espantosamente sobrecogedor a veces estar en un lugar impresionante y que se te ocurran al menos diez personas que podrían disfrutar lo mismo que vos estás viendo y, cuando te volteás a comentarlo, simplemente no hay nadie más allí. Esa ausencia te da, entonces, una cachetada que te recuerda que al chile que solos venimos y solos nos vamos.

Pero me tocó hacerlo. Porque la verdad es que mi felicidad depende de mí misma y no de nadie más.

La muralla china y yo. Nadie más. Mutianyu, China.

La muralla china y yo. Nadie más. Mutianyu, China.

Cuando decidí bajarme del tren

“¿Por qué no nos conseguimos una beca a Europa?” “¿Y si agarramos el carro y nos vamos escogiendo las calles basándonos en decir ‘derecha’ o ‘izquierda’, al azar, a ver a dónde llegamos?” “¿Y si nos vamos a recorrer Suramérica por tierra?”

Más de siete años después, no lo culpo por mirar a su alrededor y decir: “¿Para qué? Lo tenemos todo aquí… No nos hace falta nada”, y luego estirar la mano para ordenar sushi por teléfono y seguir viendo pelis.

Ya nos habíamos ido con una beca a Europa. Ya habíamos agarrado el carro al azar y habíamos terminado en Turrialba. Pero… ¿y Suramérica?

Suramérica no era tan importante como salvar mi relación con él. Porque no hay hombre al que yo haya amado más en esta vida que a este. Y yo me negaba a reconocer que el amor, a veces, no es suficiente.

Además (y justo he estado reparando en ello en estos últimos días, que han vuelto a ser los primeros de regresar a la soltería, por cierto), yo me TENÍA que casar con él sí o sí o SÍ porque ya llevábamos seis años juntos… “¿Cómo putas voy a perder yo seis años de mi vida? ¿Y cómo voy a encontrar otro mae cuando ya tengo 27 años? Me va a dejar el hijueputa tren entonces… ¡Ni picha! Ni picha, me quedo aquí viendo pelis y comiendo sushi. Tampoco es taaan malo… Prefiero eso a la soledad”.

¿Quién dijo que para viajar se ocupa un falo? Nope... Además, uno siempre se encuentra algunos por ahí de vez en cuando. ;) Love Valley, Capadocia, Turquía.

¿Quién dijo que para viajar se ocupa un falo? Nop… Además, uno siempre se encuentra algunos por ahí de vez en cuando. 😉 Love Valley, Capadocia, Turquía.

Asumo que revivo esto ahora porque ya tengo 35 años y me he bajado y subido del tren varias veces. Y no estoy en el tren.

No es divertido no estar en el tren, dicho sea de paso. En especial si consideramos que a mí me encantan los trenes en todas sus formas, los reales y los metafóricos.

Pero es que no puedo vivir 85 veces el mismo año y decir que he vivido. Y, sobre todo, no puedo fallarme a mí misma. Los hombres me pueden fallar. Pero yo, a mí misma, no. Eso no.

Ese aprendizaje que ya casi creo que concluyo…

Supongo que estar sola era una lección que yo TENÍA que aprender en esta reencarnación sí o sí o SÍ. Porque solía temerle tanto a la soledad, tanto, tanto, pero tanto, que el sufrimiento de estar en una relación infeliz me parecía más llevadero.

A estas alturas de la vida, creo que tengo la lección casi aprendida. Digo “casi” porque hasta el día de hoy creo que, si el cielo existe, tiene que tener a toda la gente que se ha ido, todos los momentos que se evaporaron y todos aquellos lugares a los que no se puede regresar. Quizás por eso escribo. Porque cada vez que alguien lee mis historias, reviven. Y, para mí, se hace un pedacito de cielo en la tierra.

Pero si no hay nadie que quiera recorrer el mismo camino que yo (y créanme: la parte más difícil de viajar es que se vive en un adiós constante) no lo puedo culpar, ni mucho menos, aferrarme a él tan fuerte en mi desesperación por no hundirme en el miedo, solo para que nos terminemos ahogando los dos.

Así que por eso viajo sola. Porque me toca. Me toca aprender. Me toca no fallarme a mí misma. Me toca estar en paz con mi soledad. Porque la soledad, al fin  y al cabo, soy yo misma.

Queda una ventana libre para ver el mundo. Un asiento libre en el caballito. Porque yo de aquí no me muevo.

Queda una ventana libre para ver el mundo. Un asiento libre en el caballito. Porque yo de aquí no me muevo.

¿Te gusta el caballito? Entonces aquí abajo hay 3 simples maneras de apoyar a que se siga meciendo. Cualquiera de las tres (o las tres) te la agradeceré de por vida:

1. Seguí el caballito por o por

O también:

2. Si te sentís hiper-buena gente el día de hoy y te sobra al menos un único dólar al mes:


¿No sabés cómo usar PayPal? Hacé clic aquí

3. O también:


Facebook Comments
Compartí este post por:

Facebooktwittergoogle_plusmail

Leave a Reply