La dimensión vegana

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Dimensión vegana
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En el metro en Madrid, específicamente en la estación de Callao, una mujer introduce un palillo chino dentro de la ranura para tarjetas de crédito de una de las máquinas de venta de boletos. Transcurre el primer minuto. Luego, extrae un fino peine, con el que se ha peinado esta misma mañana y, con mayor insistencia, lo introduce en la misma ranura. Transcurre el segundo minuto. Con un gesto de fastidio, saca una licencia de conducir y la introduce de nuevo en la ranura de marras, que a estas alturas ha perdido su virginidad con los objetos más inverosímiles del día. Transcurre el tercer minuto.

La botella que cuelga de su mano izquierda delata su conducta tercermundista: se trata de una Salsa Lizano. Finalmente, porque hay almas piadosas, un funcionario del metro se aproxima y con un práctico alambre, cuya punta está doblada en forma de una salvadora U, extrae la moneda de dos euros que se la ha ido a la mujer, por error, en la ranura de las tarjetas y que ella, en su apretadísimo presupuesto, se niega a abandonar entre las frías entrañas del aparato de viajes de metro.

Claro, la primera polada del viaje: no sé cómo putas usar una máquina de metro cuando en mi país el chofer cobra el pasaje apenas se sube uno al bus y da el vuelto manualmente, después de tomar un puñito de monedas de un cuadrado de espuma.

Esos minutos que he perdido batallando contra tecnologías cotidianas de primer mundo se han sumado a los 31 que ya lleva Miguel, mi amigo madrileño de la Ruta, a quien no veo desde hace 11 años, esperándome en el kilómetro cero frente a la Puerta del Sol. Mientras tanto, se ha entretenido observando a toda mujer gorda que pasa enfrente de él, descifrando en sus rasgos alguna similitud con mi persona, pues es posible que no me reconozca después de más de una década de separación. Al final, al verme llegar con la botella de Salsa Lizano, por si había alguna duda de mis orígenes ticos, me da un abrazo y exclama: “¡Pero si estás igual!”.

Kilómetro 0 Puerta del sol Madrid

Kilómetro 0. Puerta del sol. Madrid.

Cruzamos la Plaza Mayor y nos sentamos al calor de un fuego instalado en la terraza, una cortesía para nosotros, pobres fumadores, que hemos sido exiliados de bares y restaurantes españoles y arrojados con nuestras nubes de humo al frío de marzo.

Hablamos de todo. Miguel recién se ha casado y se establece en Madrid después de años de vivir en Berlín y en Bruselas. Yo, en mi viaje dadaísta, no tengo ninguna estabilidad qué contarle, a lo que él agrega, cuando le comento que mis próximas paradas serán Valencia y Alicante: “Mariano está guapísimo”. Mariano…

Miguel y yo 11 años después.

Miguel y yo, 11 años después.

En fin, mi botella de salsa Lizano y yo nos despedimos de Miguel y nos vamos a casa de Erick y Javier, un argentino y un salvadoreño con los que en teoría iba a hacer Couchsurfing, pero gracias a la amabilidad de Fernando nos veremos únicamente por una cena. No más abrir la puerta y ver la botella de salsa Lizano en la mano, asumen que soy “la tica”.

Esta pareja de maes, veganos religiosos, tienen un programa de cocina en internet donde enseñan a comer sano y delicioso prescindiendo de todo producto de origen animal: la Dimensión Vegana.

En la noche en que estoy con ellos, van a preparar milanesas de soya en italiano, con ayuda de una chica italiana (vegana también) quien hará la traducción en vivo. Y es ahí cuando se da un momento surrealista-dadaísta por los que he venido al viejo continente: ahí estoy yo, en medio de una cocina en Madrid, observando la elaboración de una milanesa vegetariana traducida al italiano, preparada por un argentino y filmada por un salvadoreño, que aparecerá en YouTube. Me quedó fascinada, mientras en backstage comemos pedazos de pan con salsa Lizano…

Dimensión vegana

Dimensión vegana

Yo, quien practiqué un pseudovegetarianismo por más de 8 años, me doy cuenta que realmente ser vegano es más que simplemente una elección de platos: es toda una filosofía de vida. Ni siquiera se puede decir al aire “sustituto de huevo” porque toda alusión a productos de origen animal está vedada. La verdad no puedo evitar sentir una profunda admiración. Ser consecuente entre lo que se dice y lo que se hace es un logro sobre la condición humana, que está regida por la contradicción en un mundo complejo y variopinto.

Finalmente, en vista de que se me hace tarde, aprovecho un corte para abandonar la cocina vegana y retornar a casa de Fernando, en el barrio de Salamanca. Es casi medianoche, pero no tengo miedo de tomar el metro y caminar por las calles como si fuera mediodía. Mi único temor es que se me vuelvan a atascar los dos euros en la ranura de las tarjetas y que me dé pena decir que soy una pola que camina por las calles de Madrid con una botella de salsa Lizano bajo el brazo.

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