Nunca saber dónde podés terminar… o empezar

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Muévete y el camino aparecerá

-Proverbio Zen

Queridísimos lectores:

El caballito ha estado bastante quieto, empolvándose en el rincón. Ese, de todas maneras, suele ser el destino de los juguetes de antaño, de esos que ya no se usan porque las responsabilidades de gente grande los fueron relegando a la esquina de las cosas que siempre pueden esperar o que, por obsoletas (como suelen ser los caballitos de madera) se dejan de usar.

Así que volverme a subir al caballito y escribir este post me ha tomado mi tiempo. Supongo que, por un largo período, pasé por el famoso psíndrome de la página en blanco. Comenzaba a escribir y, de pronto, me encontraba con el vacío de la página y, detrás de todo ese blanco, el vacío de mi propia vida.

Es bien, pero bien gacho el psíndrome de la página en blanco. En especial porque, si se escribe de noche (como suelo hacerlo yo) lo único que ves es ese resplandor albino de la pantalla y en torno a vos, solo oscuridad. Si acaso, el reflejo ilumina tus manos mientras tecleás, pero es esa la única luz que tenés y no hay claridad suficiente que contraste las letras para que comiencen a formar literatura. Tus manos están cerca, algo iluminadas, pero no lográs que todos esos sentimientos se transformen en palabras y así, ese salvavidas que debés inflar con frases, comienza a desvanecerse porque todo dentro de vos es tan confuso… y, de tan abstracta y triste manera, derrotada, terminás por apagar la laptop y es entonces cuando todo se vuelve rotundamente oscuro y tus propios pensamientos comienzan a ahogarte…

Y así me ahogué muchas noches porque, por un tiempo, dejé de creer en mí misma. No es esa la heroína que me gustaría darles a ustedes para la historia que se escribe en estas páginas. En mi mente, me gustaría imaginarme una Andrea que honra su nombre el 100% del tiempo (Andrea significa “valentía” en griego) y que nunca siente miedo, menos a una pinche página en blanco. Pero bueno, siempre me he guiado por mi célebre política del “libro abierto”: lo que ves es lo que hay y nunca, pero nunca, voy a mostrarles a ustedes alguien que no soy. De modo que si, por varios meses dejé de creer en mí misma como para no volver a escribir aquí, creo que es justo que se los diga desde la portada, en vez de inventarles otras excusas que tal vez, por mi costumbre de contar historias, podría hacerlas lo suficientemente verosímiles como para que ustedes terminasen por comprarme el cuento.

Picture screen simbólico de una página en blanco. Aburrido, ¿verdad? Por eso tenía que ponerme a escribir otra vez. :p

Picture screen simbólico de una página en blanco. Aburrido, ¿verdad? Por eso tenía que ponerme a escribir otra vez. :p

En fin, como con la página en blanco no hacía nada, y como dije por ahí en un post anterior: yo cuando decido viajar, pongo fecha y la respeto (o más bien: LA RESPETO), aunque la cuenta del banco aconsejaba prudencia, ya yo tenía tres tiquetes de avión comprados, de esos que se adquieren de promoción y que, por la esencia de su precio de oferta, no se pueden cambiar ni cancelar, por lo que, para bien o para mal, terminan por encargarse de escribir destinos casi absolutos. Así que, con una mano adelante y otra atrás, me subí en esos aviones y en el caballito y aquí estoy, en una de las capitales del living la vida loca asiática: la infamemente célebre isla de Koh Pha Ngan, en Tailandia, donde se celebra la fiesta de luna llena, de media luna, de luna negra, de cuarto de luna y en fin, donde cualquier fase lunar es una excusa para emborracharse hasta que un satélite de 3474 kilómetros de diámetro se torne borroso, como toda memoria que acompañe los instantes posteriores.

Muévete y el camino aparecerá, reza un proverbio zen que me encontré en esa sabiduría que suele postearse en Facebook… y el camino apareció. Atrás quedó el valor para marcharse y el miedo a llegar. O bueno, el miedo siempre queda, pero uno se lo traga, con cerveza en el Oktoberfest en Munich, con un café turco en Ankara o con un balde de ron barato en Koh Phan Ngan. La vida no se hizo para temerla, se hizo para escribirla.

En el Oktoberfest, en Munich. Con tanta cerveza, ¿quién no se traga el miedo?

En el Oktoberfest, en Munich. Con tanta cerveza, ¿quién no se traga el miedo?

Y es que, ¿cómo podría dejar todas esas páginas en blanco? ¿Cómo podría cerrar los ojos a todos esos lugares que no he visto todavía? Y, sobre todo, ¿cómo podría dejar de darles la mano a todos esos amigos que aún no he conocido? Si un día no me hubiese tragado el miedo, los que tengo ahora seguirían siendo desconocidos, y estas páginas estarían vacías de personajes, y mi memoria vacía de recuerdos, y mi corazón más entero, quizás, pero más vacío también.

¿El itinerario? Empecé en Alemania, entre el lúpulo y los almidones fermentados de la cerveza, luego agarré un económico bus para cruzar un río que, dicen en el imaginario colectivo, es frontera con Austria (no sé, para mí tenía pinta de río) y finalmente caí en Turquía, en Ankara, justo la noche en que tocaba Coldplay en la ciudad (sí, me lo perdí y ya me di de cabezazos contra la pared un ratito, no se preocupen, que se hizo justicia). ¿Y luego? En el frenesí de hace unos meses, cuando puse fecha para irme, me compré un boleto hacia sudeste asiático, habitación del mundo que tenía pendiente por descubrir cuando, el año pasado, después de que la oveja negra de todos mis viajes (léase India) me dejó sin más vidas con las que seguir jugando, tuve que reiniciar el Nintendo. Entonces, comencé a rodar por Malasia, siguiendo a algo que se pareció al amor, me tropecé con un fin de semana de viaje al futuro en Singapur y desde hace poco más de dos semanas, ando en un rebote interminable de islas en Tailandia.

¿Y después? No lo sé… Como dice la canción que le da título a este post (y que se las dejo aquí en el link de YouTube como himno tentativo a la vida mochilera):

Dejarse llevar suena demasiado bien 

Jugar al azar 

Nunca saber dónde puedes terminar o empezar…

Así que no sé dónde puedo terminar o empezar. Y, como es la naturaleza aleatoria y dadaísta de este caballito, nunca se sabe dónde puede terminar o empezar a mecerse.

Lo que sí les puedo asegurar es que, en tanto tenga al alcance de mi mano una gloriosa taza de café (ya sea porque la den gratis en el hostal o porque la haya comprado en un Seven-Eleven, que para más no da el presupuesto mochilero) y logre tragarme el cansancio de jornadas de viaje con sorbos de ese café de tan cuestionable calidad, intentaré, como propósito de año nuevo, vencer el miedo a esa hoja en blanco y abrir de nuevo las páginas de mi novela personal para que se traspapele con las de ustedes, sea donde sea que me estén leyendo. Intentaré volver a creer en mí misma y, sobre todo, en que escribir vale la pena.

Quedan invitadísimos entonces, queridísimos lectores, a subirse de nuevo en el caballito y acompañarme en este viaje que no se sabe dónde puede terminar… o empezar.  😉

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Muévete y el camino aparecerá…

 

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