Nunca me quedo porque nunca nadie dice: “Quedate”

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Cuenta la leyenda que hace unos años, un grupo de amigas solteronas y yo (la más solterona de todas probablemente), nos reunimos un 14 de febrero para ir a un bar a tomarnos unas birras de despecho. Correcto: no nos juzguen. El que no se haya emborrachado al ritmo de Franco de Vita, de Alejandro Sanz o, en el peor de los casos, de Paquita la del Barrio, que tire la primera piedra.

O bueno, con lo que narro a continuación, tal vez sí puedan juzgarnos un poquito: y es que aparte del maquillaje (ellas), los cigarros (yo) y el celular (todas) para deleitarnos con la pantalla en blanco de los “te amo” que sabíamos que no recibiríamos, en aquella lejana y descorazonada ocasión llevábamos, en nuestros bolsos, las fotos de nuestros ex novios. Y en el centro de la mesa, aparte de las cervezas que llegaban bajo el conjuro de “mozo, sírvame la copa rota”, el chifrijo de rigor y muchos anhelos insatisfechos de castración, contábamos con una piñata. Correcto: júzguennos. La salida era, obviamente, catártica: agarrar a palos simbólicamente a todos esos hijueputas cuyas fotos aún guardábamos en el cajón. En fin, los fantasmas de las relaciones pasadas.

Yo, aporreando a algunos ex novios sin consecuencias legales.

Yo, aporreando a algunos ex novios sin consecuencias legales.

Hoy, una de mis amigas está casada, dos con novio y una comprometida, cuya boda en Panamá será mi próxima excusa para irme de viaje. Todo eso en lo que yo me fui a recorrer Asia y Europa. Correcto: a pesar de que todas y cada una de ellas juraron que permanecerían solas hasta el último día de sus vidas. Las cosas, definitivamente, han cambiado.

O bueno, hay varas que nunca cambian. Correcto. Yo sigo soltera.

 

 

Lo cierto es que el amor se ha vuelto para mí en algo como un milagro inalcanzable. En algo que sucede, sí, pero no a todos. Hay gente que va a las olimpiadas. Hay gente que va a la luna. Pero yo no.

Quizás estoy muerta por dentro. Quizás ya amé demasiado y se acabó la cuota de amor que me tocaba en esta vida. Quizás me he vuelto psicópatamente insensible.

Pont des Arts. París. Forever alone.

Pont des Arts. París. Forever alone.

Sea cual sea la razón, el caso es que  me parece increíble, como si se tratase de otra vida, que yo alguna vez tuviera novio. Y no sólo uno, sino tres. Tal parece que a mí antes se me hacía muy fácil enamorarme y aquella fuerza, con la que el viento del amor me golpeaba, ha terminado por ser distribuida con un eficaz sistema de energía eólica, canalizada a otras actividades que encuentro mucho más productivas, como viajar y escribir. La Andrea enamorada ha muerto, y la ridícula pizarra de Pinterest donde planeo mi boda utópica ha pasado a ser, tan sólo, un inexplicable pasatiempo de aburrimiento en la oficina.

Y es que aparte del amor, todo lo demás me parece fácilmente alcanzable porque depende, única y exclusivamente, de mí. Viajar, escribir… incluso, cocinar. Pero en esto de las relaciones, se ocupan dos para bailar el tango. Supongo que psicoanalíticamente ha de ser por eso que, a pesar de haber querido meterme a clases de tango toda la vida, nunca lo haya hecho.

 

 

Durante mi viaje a India, a diferencia de otras ocasiones, me esmeré todo lo posible por pasar la mayor cantidad de tiempo sola. Aunque he viajado a muchos sitios sola, y soy de esa especie que valora profundamente sus ratos de soledad (escribir, de todas maneras, es un acto solitario) sentía que ir a India sola era el doctorado en soledad del que necesitaba graduarme. Porque de los países en que he estado es uno en que, lamentablemente, la presencia de un macho alfa de la misma especie hace las varas INFINITAMENTE más fáciles.

Desde el primer día, cuando tuve que dormir en el piso del aeropuerto después de 12 horas de vuelo sólo para esperar a que saliera el sol y tomar un taxi, ya comencé a desear con todas mis fuerzas tener a un hombre a mi lado. Como lo dije en un post anterior: toda mujer que haya ido sola a la India merece no sólo respeto, sino la más absoluta y profunda admiración.

En Jaipur, cuando ya le había agarrado el toque a  India.

En Jaipur, cuando ya le había agarrado el toque a India.

Y sin embargo, cuando veía a esas mujeres viajando con sus parejas, me daban igual la gloria eterna de la viajera independiente y la inmortalidad de mi solitaria gesta mochilera. Lo que me daban, más bien, eran unas poco prestigiosas (por no decir patéticas) ganas de llorar: 30% de envidia, 70% de autocompasión. Y es que con la autoestima un poco alta, a causa de mi osadía de irme sola a India, el país más caótico en que creo que estaré jamás en mi vida, que sólo la gente que ha estado ahí me podrá entender, me decía: “Manda huevo… O sea, no soy taaaan fea. Ok, el cuerpazo se los quedo debiendo, pero usar brassier 36B algo ha de compensar y puedo cubrir mi perfil griego con un cabello bien cuidado. Tampoco soy taaaan mala gente: a veces soy crudamente sincera, impulsiva, terca e impaciente, pero por otro lado digo siempre la verdad, soy perseverante y vivo con pasión, que no es poco. Tampoco soy taaaan tonta: diay, no me pongan a sumar 2 más 2, pero hablo cuatro idiomas, cursé dos carreras universitarias, sé tocar tres instrumentos musicales, leo mucho, tengo una novela publicada y escribo varas que a la gente parecen cuadrarle. Entonces, ¿por qué carajos sigo sola?”

Secándome mis lágrimas de autocompasión (que no sirven de mucho en momentos como cuando pasás dos días enteros sola en un cuarto de hotel ardiendo en fiebre sin nadie que te ayude a caminar al hospital, o como cuando te quedás dando vueltas en un taxi en una ciudad sin luz a las cuatro de la mañana en uno de los países con las tasas de violación más altas del mundo, o como cuando viajás en un vagón de tren lleno de soldados que no paran de mirarte por siete horas), decidí que viajaría por India sin ningún par de pantalones tras los cuales atrincherarme.

Desierto. Soledad. India y yo.

Desierto. Soledad. India y yo.

De ser un padecimiento, estar sola en India se convirtió en una necesidad. Me dije a mí misma: “Si sobrevivo a India sola, no habrá nada que no pueda superar sola”. Y me lo repetía una y otra y otra vez, como un mantra, convencida de que era algo tan gacho como vomitar, pero indispensable para sentirme bien al final de la jornada. Necesitaba vomitar esa necesidad de estar con alguien sí o sí. Ese apego a causas imposibles. Sola. Necesitaba estar sola. No iba a ceder por nadie, a cambiar mi itinerario por nadie, ni a quedarme por nadie. Esto es entre India y yo. Entre India y la supermujer que, en su misoginia, nunca describió Nietzsche.

 

 

Y sin embargo, una mañana, ya no estuve sola. Una mañana me desperté, entre los brazos de un mae, y con un tiquete de bus en el bolsillo para las 8:30 a.m., en una azotea en la ciudad de Jaisalmer, construida en medio del desierto de Rajastán, contra todas las probabilidades de que en un desierto, vacío y seco, pudiera surgir vida.

Aquella mañana, en que nuevas páginas del libro comenzaron a escribirse y otras jamás fueron escritas, las mezquitas llamando a la oración fueron lo primero en anunciarme que, el momento de marcharme, había llegado. Abrí los ojos, pero los volví a cerrar de inmediato y me ovillé aun más en ese perfecto mundo, redondo como este planeta que nunca me canso de recorrer, que conformaban sus brazos. Lo cierto es que, si bien sus brazos constituían una circunferencia mucho,  mucho más pequeña que la enorme cintura del ecuador, me resultaba mucho más atractivo quedarme entre ellos que salir a darle la vuelta al mundo.

Aún no entiendo qué me pasó. Yo creo más en Zeus y en todo el panteón del Olimpo que en Cupido. Pero otra razón no le encuentro, por muy cursi que suene. No encuentro otra razón que explique cómo un mae random, que se subió en el mismo bus que yo y quien en un principio no me llamó para nada la atención, tuvo el poder de abrazarme hasta quitarme esas ganas de seguir huyendo del miedo a estar con alguien por lo largo y ancho que es este mundo. Supongo que fue el ambiente de Jaisalmer: así como en el desierto puede surgir vida, así en mi desierto pudo surgir vida también. O que, en verdad, nunca se debe subestimar el poder de un mae random.

Muchos hombres he conocido en mis viajes. Por varios, incluso, he cruzado media Europa, los Andes y el océano. Y hasta de algunos me he enamorado. Pero este fue el primero que ha logrado la antes imposible hazaña de que yo me quedase con un tiquete de bus en el bolsillo. Y luego con uno de tren. Y luego con uno de avión. El primer hombre, en fin, que supo hacer que yo le diese la espalda al mundo y continuase durmiendo entre sus brazos, hasta muy entrada la mañana.

 

 

A pesar de esta historia, y de que no supe exponer bien mi tesis de graduación para obtener el título en soledad autónoma que busqué en India,  creo que deberían de darme al menos un doctorado honoris causa.

Si. Puedo estar sola. Me siento bien sola. De todas maneras, el único ser con el que voy a pasar realmente el resto de mi vida soy yo y es esencial aprender a ser feliz conmigo misma.

La conclusión a la que llego es que, por mucha evangelización viral que haya en Internet, advirtiéndoles a los hombres que no se enamoren de una chica que viaja, yo creo que, al menos en mi caso, comienzo a pensar que quizás alguno de ellos sí podría enamorarse de mí. Y yo de él. No sé ni siquiera qué aspecto tendrá ese potencial sujeto para poder reconocerlo y qué pena, porque ya de fijo estaría vineándolo en Facebook. Bien por él. Mal por mí.

Sé que no doy la imagen de la mujer ideal. Mi vida es todo menos estable. Doy la idea de que no necesito a nadie. De que así como cambio de país, cambio también de mae. Eso supongo que espanta a cualquiera que haya intentado amarme. Y  así ha habido hombres que me han despedido, según sus propias palabras, “por no tener al pajarito encerrado en una jaula”. Ha habido hombres que se han ofrecido de forma indiferentemente entusiasta a irme a dejar al aeropuerto o a la estación de tren (y lo han hecho). Ha habido hombres que, incluso, han creído que no los he amado.

El problema es que nunca me quedo porque nunca nadie me dice “quedate”. Y como nadie me dice “quedate”, yo tampoco digo “vení conmigo”.

Nunca me quedo porque nunca nadie dice: "Quedate".  (Irónicamente, esta foto la tomó en India el mae que hizo que me quedara).

Nunca me quedo porque nunca nadie dice: “Quedate”.
(Irónicamente, esta foto la tomó en India el mae que hizo que me quedara).

Este mae, a quien si apenas le presté atención cuando se subió al bus en Jaipur, me cambió. Si uno supiera cuando alguien importante va a entrar en su vida, quizás debería saberlo para recibir a esa persona con todo el honor que se merece (o para investigarlo previamente en redes sociales). Pero bueno, el caso es que, cuando él me habló la primera vez para saber si ese era el bus correcto, en ese  momento, yo no sabía cuál sería su personaje en la novela de mi vida. Hoy lo sé. Me cambió, porque resucitó a esa persona que alguna vez fui, esa persona capaz de sentir después de haber sufrido el efecto piedra que, de alguna manera, me contagiaste vos.

Amar me sigue pareciendo ir a las olimpiadas y la luna la sigo viendo lejos desde mi ventana mientras escribo estas líneas. Corro un riesgo altísimo de pasar el próximo 14 de febrero agarrando a palos una piñata (esta vez alegóricamente sola en un bar, porque para esas alturas sí que seré la solterona legítima de mi grupo de amigas). Ciertamente, el próximo hombre que intente enamorarme no la va a tener fácil, porque yo aún sigo casada con mi soledad. Pero acepto que podría comenzar a divorciarme de ella. Podría comenzar a entrenar para al menos la media maratón. Podría comenzar a lanzar cohetes de bengala. Y si ese mae existe y lo logra, si logra que suba al podio y que camine por la luna de nuevo, que se prepare para matricularse en clases de tango y para convertirse en uno de los maes más felices del mundo.

Quedan advertidos.

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