No. Yo no soy Charlie

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Osadamente, me bajo del avión y me subo al bus con la cabeza descubierta. Algo que hago normalmente desde que tengo memoria, excepto en los días imposiblemente pasados por agua del trópico húmedo del cual provengo, cuando solo hay gorra que valga ante la indomabilidad capilar.

Pero hoy, hoy es diferente. Hoy llevar la cabeza descubierta significa rebeldía. Irreverencia. Insurrección. O al menos, eso pienso yo.

Hoy es diferente porque me encuentro en el aeropuerto de Riyadh. La historia que me lleva hasta aquí comienza con Skyscanner y lo que consideré un bienaventurado error en su sistema: un tiquete desde Istanbul hasta Kuala Lumpur tan barato, que me quedé buscando los ceros hacia la derecha, hasta que la página, para gloria de mi cuenta bancaria, terminó de descargarse en tan dichosa tarifa.

¡Me están jodiendo! ¡Tan barato no puede ser! Pero, ¿dónde putas queda Riyadh? Patrocinada por mi ignorancia, la historia se sigue escribiendo en Google, que me señala, en su omnisapiente geografía, que Riyadh se encuentra, nada más y nada menos, que en Arabia Saudita. ¡Con razón! “Maaaae, al chile, ya lo decía yo: ¡no podía ser tan barato!”, bramé en mi cabeza occidental. Una escala en lo que yo considero un pedazo de desierto medieval, con monarquía absoluta bajo la ilustración del Corán y de la Sharia, una sede del infierno, en especial para las mujeres, el orco más profundo en el siglo XXI iluminado por Alá y 50 grados centígrados de su luz solar y bendita…

Investigando el misterio de por qué un vuelo intercontinental podría ser tan barato, encontré por ahí en Internet, para reafirmar mis creencias islamofóbicas, que únicamente puedo viajar haciendo escala en Riyadh sola (léase sin mi marido, sin mi hermano o sin mi papá) si soy mayor de 30 años. ¿Leyenda cibernética? Ante la imposibilidad de convencer a mi hermano de tomarse unas vacaciones asiáticas solo para defender a su desvalida y nómada hermana de los infieles, puse a amigos en Noruega y en Argentina a llamar a la embajada saudí a ver si era cierto (en la Costa Rica católica, apostólica y romana no hay embajada de Arabia Saudita, por cierto).

“No hay problema. Puede hacer escala sin visa en el aeropuerto si es menos de 18 horas”. Como le sucede a Raymundo y todo el mundo que no sea saudí, en fin.

La idea de hacer escala en uno de los países más islámicos del mundo (sede de la Meca, ni más ni menos) me comenzó a parecer tan fascinante que, aunque me hubieran subido el precio del boleto a un hereje triple, igual lo hubiera terminado comprando, con tal de poner un pie ahí con la cabeza descubierta y rebelarme ante Alá (o ante lo que la gente cree que piensa Alá).

Más o menos, así me imaginaba yo haciendo escala en Arabia Saudita: a la par de un mae y batallando por tomar café debajo de la burka. Aeropuerto de Riyadh, Arabia Saudita.

Más o menos así me imaginaba yo haciendo escala en Arabia Saudita: a la par de un mae y batallando por tomar café debajo de la burka. Foto paparazzi en el aeropuerto de Riyadh, Arabia Saudita.

Y así es como llegamos al momento que nos ocupa, mientras miro desafiante al mundo musulmán, desprovista de toda burka, hiyab o lo que sea, mientras espero la primera pedrada o, en su defecto, alguna mirada de desaprobación. Pero nadie me da pelota. Sigo tan anónima como lo estaría en la Periférica, subiéndome en Hatillo y bajándome en San Pedro.

“Bueno, esto es solo el bus”, evalúo, mientras el vehículo se detiene y los pasajeros, entre cuya manada me dejo llevar, ingresan al aeropuerto. Ahora sí: una vez en el edificio, mínimo me tienen que decir aquí que me ponga un chuica encima. Aferrada a la bufanda que suelo cargar, indistintamente de las latitudes religiosas que visite, me aferro al mismo tiempo a mi discurso occidental en caso de que me obliguen a envolverme la cabeza antes de que Alá se escandalice por mi cabello sin peinar desde que no me dio la gana lavarme más el pelo con el frío otoñal de Istanbul: soy pasajera de Saudia Airlines y no creo en religiones, soy agnóstica de hecho, y estoy haciendo escala, no me da la gana envolverme la jupa en un trapo solo porque estoy de paso y a su dios le pueda dar un síncope celestial por ver un cráneo femenino al viento…

Pero nadie me dice nada. Al final, las tres horas de escala en el aeropuerto terminan por ser tres horas en un aeropuerto como los de toda la vida. Comienzo a dar vueltas y vueltas, como quien busca las diferencias en dos dibujos de un pasatiempo del periódico dominical y no encuentra nada alrededor de lo cual encerrar un círculo con discriminador lapicero. “Pero hagan algo raro”, pienso, mientras deambulo por los pasillos, sedienta de confrontación. “¡Tengo clítoris! ¿No les molesta?”

Pero, aparte de una amable bienvenida de un mensaje de texto en mi teléfono celular (informándome sobre el número al que puedo consultar por los horarios de oración hacia la Meca), aparte de los rótulos en árabe, aparte de la muñequita con una burka para señalar el baño de mujeres y del muñequito con turbante para indicar el baño de los hombres, y aparte de la mercadería de Fulla (la versión islámica de Barbie) yo a este chante no le veo, ni siquiera, nada de exótico.

Fulla, la  versión islámica de Barbie. A la par, un hombre araña estándar. Aeropuerto de Riyadh, Arabia Saudita.

Fulla, la versión islámica de Barbie. A la par, un hombre araña estándar. Aeropuerto de Riyadh, Arabia Saudita.

Sé que solo estoy en el aeropuerto, únicamente por tres horas y que esto no es, ni por asomo, una radiografía a profundidad de lo que es en realidad un país que se rige por el Corán. Pero, al mismo tiempo, compruebo cómo las leyendas occidentales me han metido miedo sobre los países islámicos y todos sus males milenarios.

Tan decepcionante resulta mi breve estadía en Arabia Saudita que nunca pensé en escribir este post pero, a la luz de los trágicos, lamentables y repudiables acontecimientos ocurridos recientemente en Francia y la campaña que se está montando en redes sociales, en la que todos claman ser Charlie (aunque creo que ni el 1% sabía qué clase de medio es Charlie Hebdo hasta que fue 7 de enero), se me vino inevitablemente a la cabeza.

Y es que no me cabe la menor duda de que se comenten atrocidades en países islámicos donde el extremismo se confunde con la ley. Lo recalco y es más, se los voy a subrayar y a poner en mayúscula, porque en 12 años de ejercicio periodístico me he dado cuenta de la miseria de resultados que obtienen las escuelas enseñando comprensión de lectura: HAY MUCHOS, MUCHÍSIMOS ASPECTOS DEL ISLAM CON LOS QUE NO ESTOY DE ACUERDO. Un mes en Turquía, sin poder escapar de los rezos matutinos a las ingratas 5 de la mañana gracias a las omnipresentes mezquitas, fue un enorme ejercicio de tolerancia (considerando que prácticamente lo único sagrado para mí son mis ocho horas de sueño). Un mes en Malasia, presenciando cómo aquellos que no son musulmanes son marginados por su propio gobierno (habrá post sobre esto con más detalle, lo prometo) hizo que me dieran ganas de ir a colgarme de la bandera que ondea en medio de la plaza Merdeka, en Kuala Lumpur, en estricta y aérea huelga de hambre. Y, por supuesto, con estos calores del sudeste asiático, sudaba solidariamente con solo ver a todas esas mujeres envueltas en la pegajosa hiyab, tomando el sol en la playa y bañándose en el mar. Pero, como me preguntaron por Facebook cuando posteé esta foto, yo andaba en bikini a la par de ellas y nunca nadie me apedreó. Es más, nunca nadie ni siquiera me determinó, como me hubiera pasado en Puerto Viejo.

Un día para en la playa para muchas mujeres musulmanas. Langkawi, Malasia

Un día para en la playa para muchas mujeres musulmanas. Langkawi, Malasia.

Es por eso que no soy Charlie. No soy Charlie porque, aunque soy periodista y creo firmemente en la libertad de expresión, creo que como comunicadores todos quienes nos atrevemos a tomar un teclado (dejemos la romántica pluma de lado) tenemos una responsabilidad social INELUDIBLE y es fomentar la tolerancia, el entendimiento y la unión entre seres humanos. Bajo ningún concepto compartí nunca la línea editorial de Charlie Hebdo, ni la compartiré nunca. No se me olvida (como a muchos otros) que parte del holocausto fue fomentado por la campaña ingeniosa de Joseph Goebbels e “inocentes” caricaturas en los medios de comunicación que ridiculizaban a los judíos. Nunca me río de chistes de nicas, ni de gallegos, ni de gays, ni de rubias, ni de nada que estereotipe a la gente y/o se burle de sus creencias. Respeto hasta a los niños que creen en Santa Claus, aunque yo fuera creyente de que el Niño Dios era quien traía los regalos el 24 de diciembre.

Por supuesto, NADA, ABSOLUTAMENTE NADA justifica responder con balas a un lápiz (y una vez más, lo subrayo y lo pongo con mayúscula, para quienes les cuesta la comprensión de lectura que, lo repito, no ha producido precisamente lumbreras en la educación masiva). Repudio el atentado contra los comunicadores, espero que los asesinos sean castigados y que una barbarie así jamás se repita porque escribir, como lo he atestiguado incluso yo misma, es un acto de extremo peligro porque a nadie le gustan los abrelatas verbales cuando se tiene la cabeza sellada a cal y canto.

Lo que quiero hacer es un llamado a todos quienes tienen un teclado a mano (que en estos días post modernos, para bien o para mal, somos muchos) a no fomentar más la intolerancia, el desconocimiento y el temor. Porque más allá de ISIS, los talibanes y Al Qaeda, lo que a mí me da más miedo es que surja más odio a partir de este trágico hecho, pizca que le faltaba a la extrema derecha francesa (y a muchas extremas derechas que están surgiendo en Europa principalmente) para contar con una excusa con la cual seguir propagando sus ideas xenófobas.

Es fundamental aprender a diferenciar el extremismo islámico del islamismo. Mi experiencia en países musulmanes es aún muy escasa para expresarme con total y absoluta autoridad. LO ADMITO Y LO SUBRAYO UNA VEZ MÁS: YO CONOZCO SOLO EL ÁPICE DEL ICERBERG ISLÁMICO. Pero creo que estoy despertando del sopor al que una buena parte de occidentales es sometida por los medios de comunicación que, irresponsablemente, nos hacen revivir espíritus que convocan con sus ouijas de miedo, burla o desinformación y que resucitan, a veces, desde tiempos tan remotos como las cruzadas. Ahora, más que nunca, debemos tener en cuenta todos los comunicadores que nuestro deber es no únicamente unirnos por la libertad de expresión, sino por la unión de los pueblos.

Me choca leer proclamas maniqueístas de que esto es un ataque a los “valores de occidente”. ¿Occidente? ¿Que es la majadería de organizarnos de forma tan tribal en el siglo XXI? Y a todo esto, como si Occidente fuera lo máximo… Habría, entonces, que comenzar a hablar de los ataques que hace Occidente, en nombre de su dios todopoderoso, el dinero, y que han acabado con la vida de miles de inocentes en países como Irak o Afganistán. Habría, entonces, que hablar de un terrorismo occidental, validado por todos nosotros, que consumimos irresponsablemente smartphones, tablets y computadoras, que son producidas en Asia donde la gente no se muere de un balazo, rapidito, sino en maquilas donde la muerte es lenta y de hambre, y que se fabrican con coltán (lo que hace que nuestros aparatitos pesen menos), el cual lo sacan niños de las minas en el Congo (por cada tres kilos de coltán, muere un niño, ¿lo sabían?). Habría, entonces, que hablar de extremismo occidental, con todos sus males sofisticados y elaborados, sustentados por campañas de libertad de expresión, de libertad de comercio, de libertad de sálvese-quién-pueda. Pero claro, es un espejo que se parece demasiado a nosotros como para meterle un puñetazo.

No. Yo no soy Charlie. Yo soy Ahmed si se trata de un niño que muere en Palestina bajo las bombas israelíes. E, irónica y contradictoriamente (para quien sea tan maniqueísta de verlo así) soy Roei si se trata de un soldado israelí que es quien lanza las bombas porque su gobierno sediento de poder así se lo ordena. Y soy Tandim, si se trata de una joven tibetana que se inmola en medio de una calle en Lhasa, en un Tibet dominado por China. Y soy Xu, si se trata un joven chino que se suicida ante la vida vacía de trabajar ensamblando Iphones. Y soy Malala, si se trata de una niña que casi se desangra por balas talibanes. Y soy quien sufra de injusticia, de represión y de odio, sin tribalismo Occidente-Oriente, Islamismo-Cristianismo, y todas esas etiquetas simplistas, bicolores y asquerosamente maniqueístas que nos dividen entre buenos y malos según nos parezcamos más los unos a los otros. Es ante eso que me rebelo, más allá de cubrirme mi cabeza ignorante en un aeropuerto en Arabia Saudita.

No. Je ne suis pas Charlie. Yo soy, simplemente, un ser humano.

Je ne suis pas Charlie

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7 Comments

  1. Excelente Andrea!! Yo pienso igual. Casi, he de admitirlo, me da miedo dar mi opinión porque es posible que alguien le diga a uno que es pro-terrorista o algo así. En lo que se refiere a la libertad de expresión concuerdo totalmente en defenderla a muerte, pero también creo que detrás del mal llamado “derecho a la libertad de expresión” se comenten actos de terrorismo intelectual. Es como hacer “bullying”. Como dice ud. tampoco eso da derecho a cometer actos de barbarie (que al final más sirven a la causa de ultra derecha porque les da “autoridad” y es una forma de decirle al pueblo “ve, se los dije!!”.

    • Hola, Saray:
      Muchas gracias por leer el artículo y tomarse el tiempo para comentarlo. Me gusta mucho el término que usa: “terrorismo intelectual”. Porque es cierto. Hay gente que piensa que solo hasta que ve sangre es que se hace daño, pero no es así de simple. Y no tenga miedo de dar su opinión: ahora que tantos juegan de defender la libre expresión, es momento de que también aprendan a lidiar con las respuestas que nos da ese derecho que es sagrado, si es que queda algo sagrado en este mundo. 😉 Saludos y un abrazo.

  2. Me gusta mucho este artículo, pero pienso que si alguien dice que “es Charlie” es solo un símbolo por decir: la libertad de expresión me es fundamental. Si, el occidente ha cometido barbaridades, pero los atentados a las torres en NY las hicieron fanáticos islamistas. La barbarie del IS no se encuentra en occidente y representa además de ser asesinos la intolerancia a un nivel insoportable.El “occidente” debe reaccionar frente a estas cosas y a nosotros en occidente no nos va tan mal en esa forma de vida tan criticable. Podemos criticar la forma de vida, los excesos. Estos criminales no dejarían criticar ni escribir ni educar, siembran odio y desprecian toda la cultura occidental sin diferenciar, pero vienen a vivir al occidente. Si, yo no “aprecio” a Charlie, pero en esta situación soy Charlie, con toda seguridad y convicción. Pero su artículo tiene al menos lo positivo de ayudar a pensar sobre estas cosas, algo raro hoy en día.

    • Hola, Antonio:
      Muchas gracias por su comentario. Entiendo el simbolismo que usted señala sobre ser “Charlie”. Lo que no comparto, como lo dije en el artículo en sí, es la línea editorial del medio. Me he encontrado en redes sociales una campaña titulada #JesuisAhmed, que se refiere al policía musulmán que murió en las oficinas de Charle Hebdo. Ese, para mí, debería ser el grito de libertad de expresión: un musulmán que murió defendiendo el derecho de otros a ridiculizar su cultura. Pero en el momento en que uno dice Soy Charlie, también implica la línea del medio en sí y eso es lo que no comparto. En cuanto a los atentados del 11 de septiembre, yo tengo mis dudas de que hayan sido perpetrados por fanáticos islámicos; hay mucha polémica al respecto. Pero si de número de muertes se trata, las que ha llevado a cabo Occidente (aunque quiero evitar el término, para no polarizar más el mundo) las superan y por mucho. Gracias por leer y comentar el artículo. Saludos.

  3. Me parece su artículo muy inocente y tratando de juzgar con poco tiempo en la cultura árabe. Como usted misma escribe, no conoce ni la punta del témpano de hielo sobre el Islam. La invito a que lea el Corán para que sé cuenta de las muchas líneas que incitan a matar infieles (http://www.thereligionofpeace.com/quran/023-violence.htm). Es una religión poco tolerante hasta entre ellos mismos y tratando de arrastrar al mundo entero al tiempo de las cavernas. El problema no está en los extremistas, está en las bases de su religión. Estoy muy de acuerdo con la tolerancia y libre expresión que por supuesto acogen los musulmanes en el occidente, pero trate de vivir en países árabes sin seguir la religión musulmana o simplemente tratando de ser una mujer de occidente, y no creo que permanezca viva mucho tiempo. No utilice a Turquía como ejemplo del Islam porque es el país más “abierto” de todos los que son de religión Musulmana.
    Me choca su comentario acusando a occidente por “atacar inocentes”. ¿Qué pretende… que se queden de brazos cruzados mientras les matan a 3,000 ciudadanos? Antes de jugar de estar por encima del conflicto, vaya a vivir a Afganistán y diga a voz abierta que no creen Allá. No le doy 3 minutos de vida…

    • Mi muy querido X:
      Gracias por su comentario. Lo invito a leer la Biblia también, donde existen muchas páginas que incitan a la violencia, también hacia las mujeres. Por supuesto, el problema no es la religión en sí o un libro, sino la gente que lleva todo a los extremos. He estado ya en varios países musulmanes, como mujer occidental, y nunca me han molestado. No sé en cuántos ha estado usted o si los ha visto solo por televisión. El problema son aquellos que se rigen por extremismos. No sé a cuáles 3000 ciudadanos se refiere. Asumo que a los que murieron en los ataques del 11 de septiembre, tragedia de la que suelen colgarse las mentes simples para justificar otras barbaridades, pero lo invito amablemente, si le gusta sumar y restar y establecer así cuáles muertes son más válidas, a que cuente todas las que se han llevado en banda países occidentales, desde la colonia hasta el día de hoy, 11 de enero de 2’15. Y así como usted me invita a no usar Turquía como ejemplo (perdón, yo uso los ejemplos que quiero), lo invito a no usar Afganistán, por ser el más “cerrado” de los todos los que son de religión musulmana. Gracias y lo invito a acercarse a la mezquita más próxima, si su miedo se lo permite alguna vez.

  4. Hola Andrea,
    Recién descubro tu blog, y terminé en este post que me pareció brillante! Me encanta como te expresas y, aunque ya pasaron unos meses de los hechos, coincido en la mayoría de los puntos que planteas. He viajado por varios países musulmanes y puedo afirmar, dentro de mi experiencia, que han sido siempre los más hospitalarios, sin importar que yo no llevara hiyab, ni burka, ni nada. En lo único que difiero, es que cuando voy a sitios así, con otra cultura, me preocupo más en cómo vestirme, por ejemplo sin mostrar los hombros, no porque vayan a decirme algo, sino porque siento que de esa manera les doy una señal de respeto. Al fin y al cabo, la extraña ahí soy yo!
    Saludos!

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