Innsbruck noch einmal

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Contaba los días. Deseaba con todas las ganas regresar. Estar rodeada de nuevo por esas montañas imponentes, de rompecabezas de Milton Bradley. Una ciudad encallada en el útero de cordilleras de topes nevados, ni muy grande ni muy pequeña, de tamaño justo, con ese alemán flotando por sus calles y que yo casi ni entiendo, pero que me gusta casi tanto como le pudo haber gustado al mismísimo Goethe. Austria, el país que posiblemente me ha encantado más en este viaje. El Tirol, una de las zonas más hermosas que haya visto en toda mi vida. Innsbruck, una de las ciudades de las que guardo los mejores recuerdos de estos años nómadas y dadaístas.

El Tirol... siempre me quita el aliento.

El Tirol… siempre me quita el aliento.

Pero sobre todo, lo admito: deseaba regresar para estar de nuevo con él. Ese él que no sos vos, por supuesto, pero que es un él al fin y al cabo.

Aunque estoy más que habituada a llegar a aeropuertos, puertos, centrales de buses y estaciones de tren sola, sin nadie que me espere, por muy excitante que parezca JAMÁS, NI REMOTAMENTE se compara a la emoción de bajarse sabiendo que alguien, a quien no has visto en un tiempo, espera allí por vos. Descender del vagón no buscando con la mirada el puesto de información más cercano, si no los brazos de alguien que anhela estrecharte entre ellos. La soledad llega a doler a veces… Podés estar en el sitio más alucinante del planeta Tierra, pero si no hay alguien con quien compartirlo no será ni la mitad de lo maravilloso que puede llegar a ser… Lo juro como que me llamo Andrea.

Y es que lo reconozco plenamente: yo no soy una mujer independiente, fuerte, autónoma, valiente y libre. Apenas y estoy aprendiendo. Estoy aprendiendo y me cuesta un montón, con costos y soy una estudiante mediocre, que pasa raspando las pruebas que se cruzan en su camino. Y aunque tengo plena consciencia de que soy muy, muy afortunada de vivir el sueño de muchos, que deliran con viajar solos, encontrarse a sí mismos, hacer lo que les dé la gana sin deberle explicaciones a nadie y embriagarse de libertad, en realidad no era este mi escenario ideal. Sí, ya sé que suena súper tuanis, de vanguardia, aventurero esto de mochilear en solitario. Pero a mí a veces me cansa. Puede ser excitante por un tiempo, pero llegarán los momentos de vacío, de nostalgia, de soledad. Es como sentarse a la mesa con un banquete enorme, una mesa larga y cargada de manjares, y comérselos todos uno solo, hasta empacharse, hasta caer en la gula, hasta sentir ganas de vomitar. Un egoísmo asqueroso. Como Adán teniendo el Edén para sí solo. Así hasta el paraíso puede volverse aburrido.

Yo, si viajo sola, es porque no he encontrado aún el alma gemela que realmente quiera vivir al tope. Mucha gente suele decir: “Qué dichosa, todo lo que estás conociendo, haciendo, viviendo… Algún día haré algo así también”, o “Llevame en la maleta”, o “Esa hijueputa Cow que suerte tiene, viaja un montón, ya quisiera yo…”. Pero lo cierto es que, desde mi punto de vista, cualquiera puede ser la Cow y acompañarme en estos trotes si realmente lo desea tanto como yo. Lo que sucede es que muchos posponen esos sueños de aventura porque esperan las condiciones perfectas. Yo, después de un tiempo de tres años de pausa, en los cuales estuve esperando a que el viento soplara totalmente a mi favor solo para darme cuenta de que difícilmente llegaría a ser así, un día recibí la patada decisiva para salir de mi zona de confort y decir: “No estoy dispuesta a esperar más por las condiciones perfectas. La vida está hecha de tiempo y el tiempo no espera, si no que se gasta con cada minuto que pasa. Si me tocó este mazo de cartas, juego con lo que tengo y ya está”. Por eso viajo todo lo que puedo, aunque sea sola. Pero en realidad, cómo me gustaría compartir este mundo de mil sabores con un hombre al que ame con locura.

Y aunque me he reencontrado con amigos y he hecho nuevos, de modo que he podido compartir estas jornadas con compañeros que han estado ahí conmigo buena parte del tiempo y que han sido, sin duda alguna, una bendición, a Innsbruck llego con un fin específico y claro: encontrar a Johannes al bajarme del vagón del tren.

Innsbruck desde arriba.

Innsbruck desde arriba.

Es cierto: amigos no me han faltado desde que salí rumbo a Salzburgo un par de meses atrás. Ni tampoco labios qué besar, puesto que no solo de pan vive el hombre y menos, mucho menos, la mujer. Pero, a pesar de  quienes me han acompañado en mi recorrido estos meses, es solo con Johannes con quien he sentido al menos un sorbo de ese vaso de agua que anhelo con todas mis fuerzas. Aunque efímero, es lo más cercano a una relación que he tenido en mucho tiempo. Alguien que cuide de mí. Alguien que me dé la mano. Alguien que me abrace cuando duermo. Alguien que espere por mí en la estación de tren.

Y efectivamente, cuando me bajo, ahí está, con sus ojos de niño y sus manos de granjero, esperando a la misma chica de Costa Rica que dos meses atrás tocó a la puerta de su casa cuando volvía de unas clases de turco a las cuales, por cierto, después nunca más regresó.

En realidad, esta segunda venida al Tirol no pienso invertirla en montañear como la vez anterior. Lo único que se me antoja es lavar ropa, fumar en la hamaca del patio y quedarme dormida a su lado viendo una película en su habitación, desde donde se miran los Alpes como en el rompecabezas de 3000 piezas que nunca llegué a armar y que se empolva con los adornos de Navidad en la parte superior del clóset, durmiendo el sueño de los justos. En cuanto a la Cow, solo patenta tomar su baño bimestral y secarse pacíficamente en el balcón.

La Cow toma su baño bimestral.

La Cow toma su baño bimestral.

Y suerte que mis planes son así de simples: a la mañana siguiente, cuando me despierto, me doy cuenta de que una cuarta parte de mi cuerpo no se puede mover. Ha de ser el estar cargando con la cruz de la mochila todo el tiempo, o que el frío se ha colado junto con el gato por la ventana entreabierta del balcón durante la noche y me ha hecho daño, pero el caso es que el hombro derecho se ha rebelado contra mí y cada vez que intento moverlo, me reclama con un dolor tan intenso como hace años no lo siento. ¡Qué MIERDA!!!!! Tan sólo dar media vuelta en la cama es una tortura china. Apenas y me puedo mover.

Lo que más me preocupa es que no cuento con mucho tiempo para recuperarme. He llegado aquí con el mes de junio y en cinco días, así sea reptando, tengo que cruzar la frontera hacia Croacia cueste lo que cueste, porque mis tres meses en el área Schengen se agotan inevitablemente. ¡Benditas fronteras estas, que no existen cuando de verdad se las ocupa! Hubiese bastado, en tiempos menos evolucionados, con solo cruzar desde Alemania a Austria y listo. ¿CÓMO CARAJOS SE SUPONE QUE VOY CARGAR YO CON UNA MOCHILA DE 16 KILOS Y OTRA QUE PUEDE PESAR UNOS 5 CON EL HOMBRO ASÍ DE JODIDO? ¡Maaaae!

En fin, dentro de todo tengo una suerte, ciertamente, enorme: de todos los sitios donde podía enfermarme o lesionarme, estoy en el indicado. Johannes es estudiante de medicina, así como sus dos compañeros de casa, Nacho y Vanesa, de modo que, por fortuna, estoy en buenas manos. De este modo, es Johannes quien me receta baños calientes y quedarme en cama el día entero, envuelta con dos suéteres de oso suyos y una bufanda con la cual me ahorcaría si esto me hubiese sucedido en Lituania, por ejemplo, donde no tenía a nadie. Sí, dentro de todo, tengo suerte, aunque estar en el sitio más tuanis de todo el viaje y a la par de un mae guapísimo sin poder moverme no es, precisamente, el paraíso orgásmico que en un inicio había pensado.

El gato,la terraza y la hamaca.

El gato,la terraza y la hamaca.

Así, mis tres días en Innsbruck transcurren tranquilos y zurdos. Duermo por horas en la cama enorme y confortable de Johannes, mientras él estudia en el primer piso, puesto que en unas semanas tendrá examen de toda la materia del año y eso son muchas arritmias, huesos y síndromes que aprenderse. En la noches, Nacho y Vanesa, o una pareja de couchsurfers griegos que ha emigrado por la crisis y que busca hacer una nueva vida en Innsbruck, cocinan una cena deliciosa, la cual me veo obligada a comer haciendo malabares con el tenedor torpemente dirigido por mi mano izquierda. De las tres parejas que estamos en la casa, solo Johannes y yo tenemos pereza de cocinar, de modo que la última noche comemos unos combos de McDonald’s que él va a traer en bicicleta.

Johannes… ¡qué mae, señor! Un partidazo sin duda alguna: inteligente, simpático, guapo, alto, amable, un caballero completo, con unos ojos infantiles de los más hermosos que haya visto, con sus manos gruesas y grandes dentro de las cuales me gusta perderme, un mae que ha viajado el doble que yo y que planea seguir haciéndolo y, para poner la cereza en el pastel, austriaco con ese acento tirolés que cada vez que me dice “bitte” me calienta a mil. Y aunque los días que paso a su lado son un regalo y los disfruto al máximo a pesar de mi movilidad limitadísima, aún así, yo pienso estúpidamente que NO sos vos. Igual, Johannes es más joven que yo y siento que, aunque nuestros caminos coincidan a veces, no será el hombre de mi vida puesto que me atengo firmemente a la teoría de que el que con niños se acuesta orinado amanece, sobre todo cuando se trata de los hombres, que maduran tan ridículamente lento que uno se cansa de esperarlos a que se bajen del tobogán para, por fin, ponerse a jugar cosas más interesantes de gente grande… Aunque bueno, quizás por él, solo por él, haría una excepción.

Johannes y yo. Una tarde en Innsbruck.

Johannes y yo. Una tarde en Innsbruck.

Y de este modo, cuando gracias a los cuidados de mi médico particular austriaco (pero temporal al fin y al cabo), me recupero justo a tiempo para partir velozmente hacia Eslovenia, con la no schengueada Croacia como meta final, me marcho. En un inicio, había pensado irme con Johannes a mochilear por África a finales de agosto: la boda en Mozambique de mi amiga del alma, Ivana, y la pasantía en un hospital de Zambia en la cual él patenta invertir parte del verano (le obsesiona la malaria) nos habían dado la excusa perfecta para vernos de nuevo. Sin embargo, mi presupuesto que agoniza poco a poco me imposibilita viajar hasta allá y, con el dolor de mi alma, he cedido mi puesto como madrina de boda, y mi mochila se ha resignado a recorrer únicamente territorio europeo hasta nuevo aviso.

Y así, otra vez, en una estación de tren, me despido de un hombre más. No sé por cuántas más tendré que pasar hasta encontrar unos brazos que me amen lo suficiente como para no dejarme ir. Hoy por hoy, dudo que los llegue a encontrar. Conforme pasa cada día, creo menos y menos en el amor; tal parece que me estoy convirtiendo en piedra yo también. Quizás este viaje, efectivamente, tiene como propósito principal lo que en un inicio había pensado: harta de la inercia de Ricardo y abandonada por Thiago, decidí aprender a estar sola… Maybe I know, somewhere, deep in my soul that love never lasts and we’ve got to find other ways to make it alone or keep a straight face. And I will always live like this keeping a comfortable distance and up until now I swear to myself that I’m content with loneliness…

Así que me marcho feliz de Innsbruck y de los brazos de Johannes. A pesar de todo, lo agradezco: fue bonito mientras duró. Pero hoy por hoy, no tengo más opción que aprender a ser feliz sola. Siempre, sola.

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