Encuentro cercano con el Dalai Lama

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El Dalai Lama… bueno, es que siendo su vecina, en algún momento me lo tendría que encontrar, aunque no fuera precisamente porque ambos hayamos salido al mismo tiempo a comprar el pan. Así que henos ahí, a un metro de distancia uno del otro, mientras me encuentro arrodillada y rodeada por fervorosos tibetanos y un grupo de españoles con quienes me he sentado para fines de traducción, en el templo de Tsuglagkhang, la residencia oficial de su santidad.

Y aunque si bien es cierto que adoro esos momentos dadaístas en que me pregunto: “¿Cómo putas llegué aquí?” ante este, en particular, mi pregunta va más allá de la serie de eventos que me han llevado hasta McLeod Ganj, además del célebre, húmedo y odioso monzón. Porque mae: la verdad no tengo ni la más puta idea de que hago yo arrodillada aquí ante este señor.

Admitámoslo: India no es mi país. Indistintamente del brutal choque cultural del inicio, que fue como si un camión de carga de estos tan coloridos que pululan por los caminos indios me arrollara (y ojo: que lo atropelle a uno un camión indio, a como manejan acá, es más fuerte que si lo atropella a uno un camión estándar); indistintamente de que a mí no me gusta el curry; indistintamente de que, después de más de dos meses, mientras escribo estas líneas, deseo comenzar a realizar algunas hecatombes de hombres indios (de esos que me miran como miran los indios, que solo una mujer que haya estado aquí lo puede saber); indistintamente de todo esto, creo que India no será mi país favorito por una razón de corte más bien espiritual: y es que a estas alturas creo yo que no tengo espíritu, sino que he de ser un cascarón vacío, demasiado occidentalizado por los materialismos del nuevo milenio. O bien, es que la hippy wanna be dentro de mí está muerta. Oh no, tal parece que las predicciones eran correctas: algún día maduraría.

Foto de mi primer buda.

Foto de mi primer buda.

Cuanto más paso en la India y más conozco a otros viajeros, más me doy cuenta de que estoy en el sitio equivocado. Esta parece ser la meca de quienes vienen a buscar la luz del conocimiento espiritual. Yo no medito. Trato y me ha funcionado como en dos ocasiones, pero creo que cuando viajo quiero hacer demasiadas varas como para pasarme horas sentada murmurando OM en medio de la montaña. Tampoco hago yoga, algo que parece que se ha puesto tan de moda como los jeans y que llegó para quedarse, en medio de los como 1548 estilos de hacerlo que tanto me abruman. Si acaso, lo más que me ha tentado ha sido irme a un retiro en un monasterio budista, donde pasa uno metido diez días sin hablarle a nadie… Y luego pensé: “Mae, estoy tan sola, que ya paso diez días perfectamente sin hablarle a nadie”. O sea, no.

No sé, no calzo. Y menos, mucho menos, calzo en este templo arrodillada frente al Dalai Lama.

Sin embargo, cuando una griega-alemana, quien se ha sentado junto a mí en la cafetería de la casa de huéspedes donde me he instalado en McLeod Ganj, me dice que en un par de semanas habrá un curso gratuito de tres días con el Dalai Lama, casi que soy la primera en inscribirme.

¿Por qué?

Analicemos:

1. Aunque el Dalai Lama vive aquí, casi nunca pasa tiempo en su residencia oficial, mientras viaja por el mundo en busca de apoyo internacional por la causa del Tíbet, con la cual sí que me he identificado en estas semanas que llevo en este suburbio de Dharamsala. Por lo tanto, es verdaderamente una suerte que esté en el vecindario.

2. Aunque esté en casa, ver al Dalai Lama es casi imposible. Es como ir al Vaticano esperando que a uno lo reciba el Papa para tomar el té apenas toque uno las puertas de la basílica de San Pedro. Una audiencia privada está en chino (o bueno, aquí “en chino” no impresiona tanto), a menos de que sea uno un refugiado tibetano y haya cruzado los Himalayas huyendo del régimen. O sea, que es verdaderamente una suerte que esté en el vecindario y que, además, pueda verlo de cerca.

Mini-monjes. McLeod Ganj.

Mini-monjes. McLeod Ganj.

3. La atmósfera que se vivirá en esos días, con monjes budistas en su máxima densidad por metro cuadrado, turistas volados que han venido a la India en busca de esa espiritualidad que no se respira en occidente, y la gente tibetana común y corriente para quienes el Dalai Lama es la reencarnación del patrono de su tierra perdida, me resulta interesantísima.

4. Tal vez aprenda algo. Tal vez sea este el shock eléctrico que espera mi moribundo espíritu, carcomido hasta su misma esencia por el vacío mi soledad existencial, antes de evaporarse irremediablemente en la nada de lo que nada sabemos.

Y así, inspirada por este cuarteto de razones, me levanto a lo gallina un domingo por la mañana (mi único día libre de la guardería donde realizo voluntariado cuidando bebés tibetanos), equipada únicamente con una botella de agua y con la almohada de mi cuarto de la casa de huéspedes, para posar mi ignorante culo con comodidad en el suelo del templo.

Entrada al templo de Tsuglagkhang, residencia del Dalai Lama.

Entrada al templo de Tsuglagkhang, residencia del Dalai Lama.

Ingresar al templo de Tsuglagkhang, por cierto, incluye pasar con severas medidas de seguridad. No es para menos: aunque a mí el Dalai Lama me simpatiza, hay muchos a quienes no. Esos, al chile, sí que no deben contar con espíritu alguno, considerando que tantos hombres de paz, tristemente, han muerto asesinados en el pasado. Como Ghandi. Como Facundo Cabral. Como Martin Luther King. Siempre hay por allí carajillos a quienes les cuadra apedrear palomas y cuando llegan a grandes, matar maestros. Es por eso que esta entrada del blog no cuenta con fotografías del evento. No se permiten cámaras, celulares, ni Cows, ni mochilas, ni nada que no sea un cojín para sentarse, un cuaderno para tomar apuntes, una taza para tomar el té chai y un radio para sintonizar lo que digan los traductores. Tal vez un extra sea una botella de agua, como la que llevo, de la cual me obligan a tomar un trago para corroborar que no llevo ningún material explosivo en ella, a menos, claro está, de que sea yo una fundamentalista suicida a quien le dé lo mismo hacer gárgaras con combustibles.

Después de los controles de seguridad, cuando por fin entro, el sitio está, obviamente, abarrotado: tibetanos por aquí, coreanos vestidos de blanco por allá (son ellos quienes han convencido al Dalai Lama de dar el curso), turistas de ropa de colores acullá y monjes budistas en borgoñas y multitudinarias cantidades. Tengo una suerte tremenda de encontrar medio metro cuadrado donde colocar mi almohada, gracias a que la sección de traducción al castellano si acaso cuenta con una quincena de españoles. Si me hubiera tenido que sentar con los de habla inglesa, hubiera estado jodida y me habría tenido que pasar la mañana entera en la pose de la grulla, más por cuestiones de espacio que por alinear mis chakras.

En fin, me siento de forma compacta, tomo el radio para sintonizar la traducción y me pongo a esperar a que haga su entrada su santidad. Me caigo del sueño… y del hambre. Como me he levantado tan temprano, la cafetería de la casa de huéspedes aún no estaba abierta y me he venido en ayunas, como si esto más bien fuera mi primera comunión. Comienzo a dormitar. Mae… a pesar de mi monumental ignorancia, tengo el suficiente sentido común para mantener mi mantra mochilero: “Al lugar que fueres haz lo que vieres” y de verdad, con el corazón en la mano, a pesar de mi interior vacío y superfluo, no quiero bajo ninguna circunstancia ser irrespetuosa con quienes me rodean, en especial con los tibetanos, que tanto me simpatizan. No me voy a quedar dormida con el Dalai Lama en las narices, no, me tengo que mantener despierta… Pero es que me caigo del sueño y del hambre… ZZZZZZZ. Así, cuando His holiness hace finalmente su ingreso, casi que ni me entero. Por suerte, mi falta de cafeína pasa desapercibida: nadie se puede levantar mientras su figura se desplaza hacia el templo, envuelta por fotógrafos, algunos monjes que asumo serán de un estrato superior y alguno que otro agente de seguridad. Nadie se levanta y menos yo, que me he quedado dormida y he comenzado hasta a roncar un mantra. En fin, que ni lo veo: estoy bastante lejos, pero bueno, al menos puedo mirarlo por uno de los televisores cercanos, colocados por todo el templo para transmitir imágenes del magno evento.

Templo en Temple Road (valga la redundancia).

Templo en Temple Road (valga la redundancia).

Empieza el curso. Mae, la traducción al español es malísima… Eso, o yo no entiendo de qué va la película. Los españoles tienen un libro amarillo que comienzan a pasarse entre ellos y en algún momento me llegan unas hojas sueltas. Ante mis ojos, parece un poema de no sé qué maestro que alcanzó la iluminación. Ante el 99% de quienes me rodean es un texto sagrado. Y sagrado en serio: sin darme cuenta lo pongo en el piso y a un anciano tibetano, sentado junto a mí, casi le da un yeyo. Una chica española, que de seguro se sabe a la perfección toda la historia del budismo desde que Buda reencarnó en Lumbini, me dice que ese texto no se puede colocar en el suelo. Genial. Justo lo que no quería: pasar como la turista irrespetuosa y babosa, que ha venido a ver al Dalai Lama como si fuera una estrella de rock.

Pero eso es lo que soy. Admitámoslo: soy la turista idiota de la India.

Necesito levantarme y comienzo a notar que alguna gente lo hace sin mayor problema, una vez que el Dalai Lama se ha sentado dentro del templo. Mae, yo realmente necesito estirar las piernas sí o sí, aunque me cueste una reencarnación extra, y me levanto, abriéndome paso entre los tibetanos y los budistas españoles con su famoso libro amarillo.

Una cosa que sí sé es que los budistas acostumbran recorrer sus templos en sentido de las manecillas del reloj y a veces se pasan horas dando vueltas mientras rezan, y ve uno al mismo monje, con un gorro paquete de Nike protegiendo su cabeza rapada, pasar una y otra vez enfrente de uno. Al menos, entonces, voy a respetar ese sentido mientras camino para despabilarme de mi postura-de-flor-de-loto-por-dos-horas-porque-no-cabemos-en-el-templo-de-Tsuglagkhang. La ventaja, además de regresarle la circulación a mis piernas, es que voy a pasar justo por la entrada del templo y ver aun más de cerca al Dalai Lama, prescindiendo de la magia de la televisión.

Mantras móviles.

Mantras móviles.

Como era de esperarse, no soy la única que ha recibido la bendición de tan luminosa idea, y justo enfrente de la puerta se ha hecho una pequeña fila de gente, quienes se detienen a hacerle una reverencia a su santidad… Oh-oh. No entiendo cómo es la jugada. Y sé que esto de la reverencia ha de ser algo importante. Traduciéndolo a mi crianza católica en una escuela de monjas, equivale a pasar frente al santísimo sin poner la rodilla en el suelo, persignarse primero en la frente, luego en la boca y luego en el pecho antes de seguir el camino. Parte de mi paila en el infierno está constituida por todas las veces que se me olvidó hacer eso en la escuela, cuando cruzaba la capilla impíamente sin hacer la genuflexión, sólo para pasar de un patio a otro e ir a jugar. Claro, pero eso era mera pereza mía, no es que la genuflexión en sí fuera difícil… Mae, pero estas budistas incluyen postrarse en el piso por completo y luego levantarse, y volverse a postrar, y luego levantarse y volverse a postrar en una gimnasia mística para la que mi cuerpo entumecido no está preparado.

Mi único consuelo es que delante mío hay un mae con pinta de turista, así que al menos no voy a ser la única que pasará por la vergüenza de no saberse la vara… Pero ya decía yo: el hijueputa se las sabe de pe a pa y las realiza con una magistralidad casi olímpica, mientras que en mi caso, cuando llega mi turno, sí quedo como la turista irrespetuosa que permanece frente al Dalai Lama simplemente de pie. Bueno, ya ni modo: el caso es que ahora, estamos a unos diez metros de distancia. Y mae…con todo y mi ignorancia, con todo y mi cuerpo incapaz de hacer genuflexiones budista acrobáticas, con todo y mi espíritu huérfano de luz, puedo decir que el Dalai Lama irradia paz. Vamos, que si los monjes budistas emanan un aura de tranquilidad, el Dalai Lama es como el hongo de la explosión atómica de la armonía. Y así, me quedo alelada, mirando cómo se balancea en su asiento, sin entender ni pío de lo que dice aunque me lo traduzcan en un cuestionable español.

Pero es que, más allá de la traducción, el budismo es realmente complicado. Así como todas las posturas de yoga y como todos su maestros, de los cuales los viajeros israelíes hablan con la familiaridad con la que hablaría yo de mis escritores favoritos. No es este mi mundo. Quiero aprender, pero no me siento parte de él. Y menos, cuando me he levantado sin dormir mis ocho horas mínimas (que en mi dimensión son SAGRADAS) y no he desayunado…

¡Aleluya!, aunque no es ciertamente esta la expresión que se usaría en este templo. Cuando regreso a mi almohada de escasos centímetros, varios monjes comienzan a deambular repartiendo té chai y pan… ¡Matanga dijo la changa! Me apodero de un pan y de un pequeño vaso de cartón y mientras comienzo a comer, el alma me vuelve al cuerpo, si es que alguna vez la he tenido. Me vuelvo a colocar los audífonos para escuchar la traducción deficiente del tibetano al español (mae, ahora que lo pienso, mis respetos, porque ciertamente este tipo de traductores no abunda), y lo primero que escucho es que el Dalai Lama dice: “Ahora vamos a bendecir el té y el pan, aunque veo que algunos de ustedes ya lo están disfrutando…”. Mae, o sea que traduciéndolo a términos católicos yo me estoy comiendo la hostia antes de la consagración. El caso es que para cuando por fin terminan de bendecir el pan y el té lo cierto es que de los míos no quedan ni rastros, pero no importa: tal parece que el Dalai Lama se lo toma con buen humor. Capaz que él tampoco ha desayunado.

El Dalai Lama.

El Dalai Lama.

La mañana transcurre lentamente a pesar de que ya he comido. Me siento sin energías, agotada y somnolienta. Al día siguiente descubriré que no es mi condición desalmada: me está entrando la gripe monzónica y pasaré tres días en cama a partir del lunes, y son estos los primeros síntomas.

Mientras lucho por no quedarme dormida y me despido ya para siempre de la traducción del tibetano al español por la radio, me pregunto: ¿de verdad soy yo la única en esta sala que cree que este señor no es Dios? Me siento un poco como se habrán sentido en los tiempos bíblicos los fariseos ante Jesús. Renegada de las enseñanzas católicas con las que me hartaron las monjas en la escuela, yo no creo hoy en día que Jesús sea el hijo de Dios, así como no creo que el Dalai Lama sea la reencarnación de no sé muy bien quién. Pero la figura histórica de Jesús, como hombre, como líder, como revolucionario, sí que la admiro. Así como admiro la del Dalai Lama. Reencarnaciones, semidioses, dioses o lo que sea no me sorprenden tanto porque cuentan con ventajas divinas lejos del alcance de los simples mortales. Pero seres humanos de carne y hueso, que son capaces de resistir sus impulsos mezquinos y egoístas, y traer paz con exactamente el mismo mapa genético que otros que hacen mierdas (u otros como yo, que viven para sí mismos), me causan más fascinación que cualquier fenómeno celestial. Es, simplemente, el aire exagerado de pompa y circunstancia con que insisten en engalanarlos quienes los adoran lo que me molesta, cuando en realidad los maestros suelen ser gente muy sencilla y sin complicaciones, que sonríen, que no se enfadan y que hasta le desean a uno buen provecho aunque se haya zampado el pan antes de la bendición.

Llega el mediodía, y con ello, la conclusión de este día de curso, en el que todo el mundo parece haber aprendido algo menos yo. Sin levitar, sino como el resto de los mortales, el Dalai Lama tiene que abandonar el edificio por la escalera, justo donde yo estoy sentada. Y mientras pasa, no sé exactamente por qué, se detiene justo enfrente del grupo de españoles, entre quienes me encuentro, a dar como una especie de bendición. Por respeto a los demás (aunque no creo que tanto para el Dalai Lama en sí, quien me parece que está muy por sobre toda esta ceremonia) me arrodillo. Y es así como tengo mi encuentro cercano con el Dalai Lama.

No sé qué hago arrodillada enfrente de él. No sé qué hago en este templo. No sé ni siquiera qué hago en la India. Pero de alguna manera, más allá de la moda, estoy al menos en mi propio camino.

¿Te cae bien el Dalai Lama? Entonces hacé algo por el Tíbet hoy. Hablá sobre el tema, que no quede en silencio más la ocupación de la tierra tibetana por el gobierno chino. Información es poder. Da a conocer a quienes te rodean qué pasa más allá de los Himalayas, donde han muerto más de un millón de personas. La causa del Tíbet: PASALA 😉

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