El derecho de una mujer a usar burka

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Sorry, Alá, pero este calor yo no me lo aguanto. Voy jalando…

La verdad, la mera y pura verdad, es que yo nunca he tenido problema alguno en envolverme la jupa en un chuica al momento de entrar a una mezquita. Primero, porque si vas a viajar, vas sobre todo a aprender, no a juzgar. Segundo, porque me gusta cómo me veo, la verdad. A mí siempre me han gustado los sombreros y las bufandas y esta vara es como una práctica y liviana síntesis de los dos.

Pero hasta ahí. De la mezquita para afuera, a mí nadie me obliga a caminar por la calle envuelta con este calor que debe ser equivalente al Yahannam (un lago de fuego que es la versión musulmana del infierno cristiano. Tal parece que, en todas las culturas, el fuego lo tiene que espantar a uno). A mí nadie me obliga a estar envuelta con este calor que hace en Jakarta, Indonesia, este calor húmedo y pegajoso, y que me hace salir corriendo de la mezquita Istiqlal, la más grande de todo el sudeste asiático. Sí, muy bonito, muy interesante, pero a mí me va a dar un golpe de calor si me quedo aquí adentro. Así que sorry con muchos zorritos, pero me gusta la frescura que me otorga ser una “infiel”. He dicho.

Yo, en la mezquita Istiqlal, la más grande del sudeste asiático. Jakarta, Indonesia.

Yo, en la mezquita Istiqlal, la más grande del sudeste asiático. Jakarta, Indonesia.

Por lo tanto, salgo de la mezquita y una vez ya, con camisa de tirantes y la cabeza descubierta para que se me seque el cabello empapado en sudor, comienzo mi caminata de regreso a la parada de buses, para ir en busca del glorioso aire acondicionado de mi hostal, que aunque no es lo más ecológico del mundo, el mae que lo inventó debe estar en el cielo, el nirvana o en la Yanna, que es el equivalente al paraíso para los musulmanes.

Sin embargo, no voy a llegar muy lejos. No porque me apedreen por andar con una camisa occidental de “infiel”, ni porque ande con mi cabello “infiel” al viento para tentar a los hombres, ni porque bajo mis pantalones de “infiel” lleve un clítoris “infiel”. Si no porque, en el camino, me topo en las afueras de la plaza Merdeka, la plaza principal de Jakarta, con una manifestación de mujeres. De mujeres musulmanas.

Es 8 de marzo. Día internacional de la mujer.

A mí las fechas se me olvidan cuando viajo, porque todos los días se vuelven iguales. Hasta ese momento me cae el 20. O más bien, el 8.

Hay dos mujeres encaramadas en el techo de un carro, con un megáfono, varias con pancartas, desde niñas hasta ancianas, todas envueltas desde la cabeza a los pies, sudando la gota gorda desde que nacieron bajo toda esa tela religiosa. La gota gorda que yo no me aguanté ni media hora dentro de la mezquita. Y, en la protesta, no se ve ni un solo mae. Quiero dejar esto muy claro, porque fue un detalle que noté desde el primer momento.

Parte de la protesta femenina en Jakarta, Indonesia.

Parte de la protesta femenina en Jakarta, Indonesia.

“Han de estar protestando por el ser día de la mujer”, deduzco yo, mientras me abro paso entre ellas.

Resalto tanto como una silla en un grupo de mesas en uno de esos ejercicios de kínder donde uno tiene que encerrar en un círculo lo que no calza. Bueno, yo soy la impía silla entonces.

Aun así, decido quedarme para apoyarlas, aunque no entienda ni papa. Como muchas mujeres occidentales, cuando apenas y había comenzado a visitar países musulmanes, al inicio sentía indignación. Indignación de ver a tres mujeres con burka caminando detrás de un solo hombre. Indignación de verlas levantándose el velo con el mayor recato para tomarse un traguito de café sin que se les vea la cara. Indignación de poder ver el rostro de tan solo una de ellas, detrás de la burka (en un vagón de tren exclusivo para mujeres en India) para calmar a su bebé, y darme cuenta de que era hermosa y de que no tendría más que 19 años en los que apenas ha recibido el sol en su cara.

En otras palabras, yo estoy allí para, con mi presencia, según yo, liberarlas. Mostrarles que otra vida más allá del Islam es posible.

Yo, dando el ejemplo de que ser occidental y libre es posible. Ah, bueno, sí había un mae, mentira: era el que vendía refrescos. Jakarta, Indonesia.

Yo, dando el ejemplo de que ser occidental y libre es posible. ¡Ah, bueno, sí había un mae, mentira!: era el que vendía refrescos. Jakarta, Indonesia.

En esa misión evangelizadora occidental me encuentro, cuando se me acerca una muchacha muy joven, si acaso de 17 años.

Hi! –me dice con un inglés bastante aceptable -. ¿Le interesa apoyar nuestra causa?

-¡Obvio! –respondo con empatía femenina-. Pero explíqueme bien, porque no entiendo de qué va la jugada Papitosty (en no tan correcto inglés: I don’t understand what you guys are demonstrating against).

-Estamos protestando contra el feminismo –me dice con una sonrisa, que tiene mucho de natural y nada de sectaria.

WTF?????????????? Pero…pero, pero pero… ¡PERO!, o sea, ¿yo estoy entendiendo bien?

-¿Contra el feminismo? –repito incrédula. Bueno, mae, es que yo aquí soy “la infiel” y a veces viajar es como un abrelatas mental que no siempre es fácil. Créanme: la cabeza a veces duele. Y duele mucho.

-Sí –asegura con otra sonrisa, que tiene mucho de convicción-. Contra el feminismo.

Del “WTF?” al “Te entiendo como mujer”

Les dejé ese espacio con subtítulo para que ustedes, mis occidentales lectores, puedan digerir también su asombro. Pero bueno, ya, suficiente. Ahora, hagan lo posible por seguir leyendo y abrir la mente todo lo que puedan. Es difícil, lo sé. A mí todavía me cuesta un pichazo (impía palabra, pero qué putas…). Así que volvamos a Jakarta, capital de Indonesia. El cuarto país más poblado del mundo. Una nación donde el 87% de la población es musulmana.

-¿Y por qué contra el feminismo? –pregunto yo, que siento que me hieren en lo más profundo de mi ser, porque yo fui criada por una madre soltera, en una familia en la que abundan las mujeres y que podría considerarse un matriarcado criollo.

-Porque I’m sorry, pero nosotras no queremos creer en lo que ustedes creen –afirma con esa sonrisa que, al menos a mí, no me genera lástima-de-pobre-infeliz-con-la-jupa-lavada -. Nosotras queremos creer en nuestra religión. No queremos que nos vengan a meter ideas occidentales. Las conocemos y no queremos seguirlas. Nosotros los respetamos a ustedes. No vamos por ahí, casa por casa, tratando de convertirlos al Islam. No vamos por ahí, diciéndoles que como ustedes se visten es incorrecto, ¿cierto?

Cierto. Yo he estado en países musulmanes. Turquía, Indonesia, Malasia, Brunei… En Brunei se aplica la Sharia, que es la ley basada en el Corán. Tienen un sultán, cierran todos los negocios los viernes al mediodía y la vara. Y a mí tampoco me apedrearon ahí. Nunca. La parte de entrar a la mezquita con la cabeza cubierta no la entiendo muy bien, pero la respeto. ¿O es que hasta hace unos años no se hacía lo mismo en las iglesias católicas?

También es cierto que en Jakarta fácilmente se tiene acceso a la cultura occidental. Por ejemplo: al menos en esta capital, los centros comerciales o malls son las áreas principales de socialización para millones de indonesios. Porque tienen aire acondicionado y porque son seguros (Jakarta no es el lugar más amistoso para caminar de noche). Se calcula que hay 175 malls en Jakarta, lo que la convierte en la ciudad con más centros comerciales del mundo. Y créanme: la única diferencia que vi en entre estos malls y  los que he visto en cualquier país occidental es que, junto a los baños, hay una musholla, que es un área pequeña para orar hacia la Meca cuando llegue el momento del día. Por lo demás, son exactamente iguales, con todas esa publicidad de mujeres occidentales “liberadas” dominando un 85% de los escaparates.

Esto es una musholla en un centro comercial. Es un cuarto cerca de los baños (uno para hombres y otro para mujeres) donde se puede ir a rezar hacia la Meca, algo que los musulmanes hacen 5 veces al día. Jakarta, Indonesia.

Esto es una musholla en un centro comercial. Es un cuarto cerca de los baños (uno para hombres y otro para mujeres) donde se puede ir a rezar hacia la Meca, algo que los musulmanes hacen 5 veces al día. Jakarta, Indonesia.

 

Rótulo que indica dónde se encuentra la musholla en un centro comercial. Como vemos, está en la misma dirección que los baños. Jakarta, Indonesia.

Rótulo que indica dónde se encuentra la musholla en un centro comercial. Como vemos, está en la misma dirección que los baños. Jakarta, Indonesia.

Por lo demás, así se ve un mall en Jakarta. Los invito a encontrar las 5 diferencias con uno occidental.

Por lo demás, así se ve un mall en Jakarta. Los invito a encontrar las 5 diferencias con uno occidental.

Los anuncios de shampoo en los países musulmanes son paradójicos: los beneficios para el cabello quedan a la imaginación debajo de la burka.  Aquí vemos uno de Sunsilk. Kuantan, Malasia.

Algunos anuncios de shampoo en los países musulmanes son paradójicos: los beneficios para el cabello quedan a la imaginación debajo de la hiyab. Aquí vemos uno de Sunsilk. Kuantan, Malasia.

Pero bueno, suficiente de malls. Volvamos a la plaza Merdeka, donde yo sigo conversando con esta joven musulmana, de sonrisa amplia y aire tranquilo a pesar de la humedad y el calor de Jakarta.

-Entonces, ¿qué quieren? –le pregunto yo. Aunque la respuesta es muy obvia.

-Que nos escuchen. Que dejen de ver el Islam como una plaga. Que se informen. Que lean. Que aprendan las diferencias entre las distintas corrientes del Islam. Que no tengan miedo. Y por eso es que estamos solo mujeres aquí: porque nosotras no tenemos miedo.

Mi 50-50

He de admitir que, a mí como mujer occidental, todavía me cuesta abrir mi mente frente a los musulmanes. Me cuesta tanto, tanto, tanto, pero tanto, que es uno de esos conflictos que, personalmente, no sé si en algún momento de mi vida voy a ser capaz de resolver. (Subrayo esta parte porque, en 14 años de ejercicio periodístico, me he dado cuenta de los pobres resultados de comprensión de lectura en las escuelas). Si por mí fuera, yo a todas esas mujeres les arrancaba la hiyab, las burkas, la tradición, sus creencias. Porque yo no soy religiosa. Yo ya tengo mi paila reservada en el infierno, en el Hades, en el Yahannam. Pero, ¿quién putas soy yo para tener todas las verdades absolutas e imponérselas a ellas? Nadie. Nadie porque yo, hasta ese día, no había conversado nunca con una mujer musulmana. Yo, simplemente, me limité a compadecerlas, a tenerles lástima, a asumir que quieren lo mismo que yo sin preguntarles, y  juzgar a los musulmanes en general.  Y eso está pésimo. Porque ellas tienen voz. Y yo jamás había escuchado a una.

Estos son los huéspedes del cuarto de enfrente en mi hotel en Bali. Mientras el mae nadaba en la piscina, su mujer le sacaba fotos con el celular. Hacía un calor de justicia. Cuando me metí a la piscina también (en bikini) él me prestó sus lentes para nadar, porque yo no andaba y notó que tenía los ojos rojos por el cloro. No me miró con odio, ni con deseo, ni nada. Solo me sonrió. Nada más contradictorio que los seres humanos. Nada. Bali, Indonesia.

Estos son los huéspedes del cuarto de enfrente en mi hotel en Bali. Mientras el mae nadaba en la piscina, su mujer le sacaba fotos con el celular. Hacía un calor de justicia. Cuando me metí a la piscina también (en bikini) él me prestó sus lentes para nadar, porque yo no andaba y notó que tenía los ojos rojos por el cloro. No me miró con odio, ni con deseo, ni con reprobación, ni nada. Solo me sonrió. Nada más contradictorio que los seres humanos. Nada. Bali, Indonesia.

Pero para mí, cruzarme con esa muchacha me ayudó un poquito. Primero que todo, porque no es cierto que las mujeres nos vestimos como nos dé la gana en occidente, al menos no en Costa Rica. Yo hay enaguas que no me pondría jamás en San José, porque me da miedo que me agarren una nalga o que la gente me llame “puta”. Aunque a mí mis enaguas me gusten mucho. Yo, cuando salgo de una piscina, lo primero que me pongo es el short, porque me da pena que la gente vea que tengo celulitis. Yo, desde los 11 años, pienso que estoy gorda. Tengo 35 años. Así que es casi un cuarto de siglo viéndome todas las mañanas en el espejo y diciéndome que no soy suficiente. ¿Es que de verdad no tenemos las mujeres occidentales nuestra propia burka? ¿Es que no somos todas víctimas de las imposiciones de nuestra propia cultura, sea cual sea?

Y, en segundo lugar, lo que me ayudó esa muchacha es a entender que yo no soy quién para decir “mi religión, mi cultura” es mejor que la tuya. No hay peor forma de colonialismo que esa, que es el colonialismo mental, que pone al otro por debajo de mí, quien tengo todas las respuestas del universo.

Así que yo no soy nadie para decirles qué hacer, aunque me haya cocinado estar en una mezquita en Jakarta, aunque haya tenido que vestirme de pies a cabeza durante cuatro meses en India, aunque yo sea agnóstica y no comparta, en lo más mínimo, la visión que tiene el Islam sobre la mujer.  No soy nadie porque yo, como todo ser humano, estoy llena de contradicciones. Pero lo que sí me queda claro es que las mujeres debemos tener derecho a elegir. Y a no ser juzgadas por elegir.

Y en el día internacional de la mujer, esa fue mi lección. Las mujeres tenemos derecho a escoger nuestros propios destinos. Ya sea ser amas de casa o ya sea ser profesionales, ya sea ser madres o mujeres que decidieron nunca tener hijos, ya sea que decidamos creer en Alá, en Jesucristo, en Buda, en el monstruo del espagueti volador, en Carl Sagan o ser ateas, ya sea que decidamos acostarnos con mucha gente o guardar la virginidad por siempre, ya sea que decidamos ser flacas o gordas, ya sea que decidamos casarnos o no, ya sea que queramos viajar o quedarnos entre cuatro paredes, ya sea que decidamos usar burka o bikini, nuestro verdadero derecho es ELEGIR.

Ese es, entonces, el derecho a usar una burka. El derecho de una mujer a elegir. Aunque a veces nos cueste tanto, tanto, tanto, pero tanto entender las elecciones de los demás.

P.D. Antes de que comiencen a dejarme comentarios de que esto lo digo porque no he estado en países como Afganistán o Arabia Saudita, o algunos de estos que confunden con el Orco (como sucedió con el artículo de Yo no soy Charlie, a propósito de la matanza en las oficinas de Charlie Hebdo en París), déjenme decirles que están en mi lista de lugares por ir. Porque estoy aprendiendo a no juzgar (nótese el uso del verbo en gerundio, porque es un proceso no concluido). Porque estoy aprendido a entender el mundo en que vivimos. Para eso viajo. Para eso escribo.

Yo, con la muchacha que conocí ese 8 de marzo en Jakarta, Indonesia. Nos llamamos amigas, aunque nunca ninguna recuerde el nombre de la otra, ni nos volvamos a cruzar en esta vida.

Yo, con la muchacha que conocí ese 8 de marzo en Jakarta, Indonesia. Nos llamamos amigas, aunque nunca ninguna recuerde el nombre de la otra, ni nos volvamos a cruzar en esta vida.

 

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10 Comments

  1. Esta increíble este texto muchas gracias por compartir, me recordaste de una imagen en la que aparece una mujer occidental cuestionando a una chica con burka diciéndole: que triste uds en Oriente tienen todo tapado menos los ojos, a lo que la otra le responde: Que triste, uds tienen todo descubierto menos los ojos. Éxitos en tus travesías !!!!

    • ¡Hola José!
      Muchas gracias por tomarte el ratito de leer el artículo. Me acuerdo de esa caricatura, debí haberla utilizado para ilustrar el artículo. En fin, me alegra que te haya gustado y muchísimas gracias otra vez por la buena vibra. ¡Abrazo!

  2. Excelente, me sentí muy identificada contigo. Tuve una experiencia similar (sin protesta de por medio ) en Egipto, luego en Dubai. Comparto tus ideas, ojalá también pueda compartir los lugares que conoces, alguna vez…

    • ¡Hola, Adriana!
      Muchas gracias por tomarte el tiempo de leer el artículo. Me alegro de que vos también hayás tenido oportunidad de viajar por países tan distintos a Occidente como Emiratos Árabes Unidos y Egipto y, sobre todo, que hayás crecido en ellos como ser humano con una mente más abierta. Espero que por ahí nos podamos encontrar en el camino. ¡Abrazo! 😉

  3. Buenísimo el artículo! Amo viajar, amo sentir ese ‘abrelatas’ en la mente! He viajado bastante sola, y sí, es complicado…pero quiero más…. se aprende el doble!!!

    A partir de hoy te sigo en tu blog y en Facebook. Cuando me suscriba a PayPal te doy con gusto el dólar al mes!

    • ¡Hola, Dyanne! Muchas gracias por tomarte el tiempo de dejar tu comentario y mis respetos, compañera viajera, porque viajar sola por experiencia sé que no siempre es fácil. Así que mucho ánimo y a seguir recorriendo mundo y abriendo la mente. Te mando un abrazo grandote y ojalá nos podamos cruzar por el camino. ¡Mil gracias por la buena vibra, de corazón! 😉

  4. Muy buen artículo, muy profesional, me gusta el mensaje principal que es no Juzgar, si todos pudiéramos ir por la vida sin juzgar al hermano otra fuera nuestra realidad, sin embargo también te hago una observación y es que aunque me parece bien el enfoque que le has dado considero que se puede quedar hasta cierto punto muy superficial pues la realidad de la mujer en el medio Oriente es muy dura y la palabra “elegir” no se aplica para todas pues es una cultura que no da opciones! No hay que juzgar, muy cierto, pero que esto no me cierre los ojos a la realidad, pues lo que lograría es volverme una persona que confunde el juzgar con la empatía, caminando por el mundo sin ver, sin sentir y sin acompañar a mi hermana que sufre.
    Bendiciones 🙂

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