Desde lejos, se le parecía tanto…

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Hasta ese momento, él había sido sólo palabras. Palabras sin rostro.

No es que sea algo totalmente malo. Por eso la literatura es literatura: cada quien puede imaginarse a los personajes como quiera y, aunque el escritor lo describa con puntos y lunares, arrugas y comas, en la mente del lector ese personaje siempre tendrá rostros diferentes, según lea cada quien las líneas que lo acarician.

El problema es cuando ni siquiera el escritor tiene claro cómo luce ese personaje. Y el problema se vuelve aun más grave si se trata de un personaje tan importante como lo es el hombre de mi vida.

Sin embargo, y a pesar de que la taza de café de la cual bebe un trago sólo me permite ver sus ojos, y el humo del cigarrillo que fuma pausadamente no me deja ver más que unas facciones distorsionadas, él va adquiriendo, poco a poco, un rostro. Él. Él, a quien más allá de que le guste mochilear, sienta pasión por viajar. Él, quien es capaz de hablar de varas inteligentes y con quien nunca me aburriría; aunque estuviera sentada a su lado en una mecedora, contemplando cómo se apaga la luz de nuestras propias historias y sea imposible leer nuestro propio final. Él, quien llama a las cosas por su nombre, sean amor o rechazo, pasión o dejadez, sinceridad o mero cinismo. Él, quien, incluso, usa Converse.

Un hombre que camine a mi lado y que use Converse. Mi sueño.

Un hombre que camine a mi lado y que use Converse. Mi sueño. Penang, Malasia.

Él, quien está usando esas palabras que yo ya había escrito y quien, conforme pone la taza de café de nuevo en la mesa y apaga el cigarrillo y el humo termina de disiparse, adquiere un rostro.

Es, entonces, así como luce el hombre de mi vida. Él, quien hasta ese momento, había sido sólo palabras.

 

 

“Una de las maravillas de viajar es que podés encontrarte a los mismos personajes del libro algunos capítulos más tarde”, escribo con la primera foto que tenemos juntos, cuando comienza el segundo capítulo en Kuala Lumpur.

La tomó él, claro. Es hasta este momento en que creo entender por qué todos mis novios han sido fotógrafos. Quizás es que busco que ellos les pongan imágenes a mi vida cuando las palabras no me alcanzan. Y es que odio admitirlo, pero qué mierda: siempre he sentido envidia de los fotógrafos, que saben contar historias en menos de un segundo.

Debería, entonces, haberlo visto venir cuando hace poco más de un año estuvimos en el mismo concierto de Manu Chao, en el fuerte de la ciudad de Jodhpur, India. Pero, a pesar de que esa era la noche de luna llena más brillante del año, no lo vi. Lo vi por primera vez aquella madrugada, en una estación de tren. Pero, incluso entonces, no había mucha luz en ese momento; ni siquiera había salido el sol. Quizás, debería haberme dado cuenta siete horas más tarde, cuando ya era pleno día y terminamos en el mismo rickshaw rumbo al mismo hostal. Pero creo que, en todo caso, la luz del sol tampoco era suficiente. En última instancia, tendría que haberme enterado cuando, acampando en el desierto de Rajastán, bajo ese arco iris en blanco y negro que es la vía láctea, ofreció invitarme a una cerveza. Pero ni siquiera todas las estrellas de una galaxia daban suficiente luz como para que yo pudiera reconocer su rostro, cuando la oscuridad dentro de mí era tan profunda.

Es por ello que, de ese capítulo, el primero, no hay imágenes de ambos que se traspapelen. Tan sólo algunos diálogos deshilachados.

Él me tomó esta foto en India... pero fotos juntos no, no las había en ese entonces. No todavía.

Él me tomó esta foto en el desierto… pero fotos juntos no, no las había en ese entonces. No todavía. Jaisalmer, India.

Me doy cuenta hasta ahora, en que acabo siguiéndolo durante todo un mes por toda Malasia, saltando de tribus escondidas en las montañas a refugiados birmanos escondidos en bodegas por donde no entra la luz y, entonces sí, las fotos comienzan a acumularse.

Es curioso (y también hasta ahora me doy cuenta de ello) que su pasión sea hacer retratos. Fotografiar rostros, como no lo tenía él hasta ese momento en que el humo del cigarrillo terminó de diluirse esa tarde. Rostros con los cuales la pobreza y la miseria dejan de ser palabras, porque odio admitirlo, pero qué mierda: a veces las palabras no son suficientes.

Nunca he creído en coincidencias. Lo que sucede es que, muchas veces, estamos demasiado cerca para ver cómo el universo conecta los puntos y no distinguimos la figura que se forma con esos eventos aparentemente aleatorios que, inocentemente (o más bien, yo diría prepotentemente), llamamos “casualidades”. No me parece, por lo tanto, coincidencia que su nombre signifique “rayo de luz” en sánscrito. Y que, de rebote, sea fotoperiodista. Y que, de feria, se haya iluminado tanto a sí mismo como para que yo, por fin, pueda darle a él un rostro.

Tampoco me parece coincidencia que le tenga que decir adiós un 13 (13, siempre un 13…), justo en la noche, cuando ya no hay más luz. Esa es una de las ironías más desgarradoras para quienes escribimos: que en tu propia historia personal no podás quedarte con el personaje que querés.

Pero siempre es así, porque la vida no es una fotografía (en especial, la mía) que se queda felizmente estática en el momento perfecto. Lo único que ni siquiera el demonio pudo prometerle a Fausto cuando le vendió su alma fue la perfecta habilidad de decir: “Tiempo ¡detente!”. Yo tampoco puedo hacerlo; no soy yo la fotógrafa que sabe detener el tiempo. De esta manera, en aquel sótano a medio iluminar de esa estación de Kuala Lumpur, apenas y lo distingo desde la ventana del bus, a pesar de que él insiste en permanecer ahí, a medio subir la escalera. Quieto. Como una fotografía.

Él. Él, quien sabe extender el pulgar para pedir ride en medio de la carretera. Él, quien no tiene más ropa que la que cabe en su mochila. Él, quien siempre me abraza mientras se queda dormido. Él, quien sabe hacer de cada lugar un hogar, al que siento que puedo regresar después de semanas y meses de estar en el camino, no importa cuán lejos me vaya. Sí, él, a quien puedo llamar hogar.

Él desaparece y yo me quedo en el bus, con un simple encendedor amarillo que me dio antes de marcharme como única luz para iluminar un camino demasiado oscuro delante de mí.

 

 

Un sol imposiblemente anaranjado se esconde justo detrás del avión que me llevará de regreso, mientras espero sentada en la sala de abordaje del aeropuerto de Yangon, en Myanmar.

Desde que tengo memoria, los ocasos me dan una sensación de ligera angustia y melancolía. No hay peor hora para mí que las seis de la tarde, cuando todo comienza a volverse de un color asfixiantemente púrpura y no se sabe ya si es de día o es de noche. Quizás es que yo no nací para las medias tintas. Tal vez ni siquiera para el equilibrio.

Pero este atardecer me da igual que me deje de iluminar. “Andate, sol. Pasala bien del otro lado del mundo. No te necesito. Tengo mi propio rayo de luz”. Y el encendedor amarillo en mi bolso, claro.

Yo, en Kuala Lumpur, cuando mochileábamos juntos... La foto la tomó él. ¿Ven que feiz me veo?

Yo,  cuando mochileábamos juntos… La foto la tomó él. ¿Ven qué feliz me veo? Kuala Lumpur, Malasia.

En mi mente, mientras tanto, comienzo a escribir el tercer capítulo. Aunque aún no tenga imágenes. Sé que él me las dará después. El capítulo en que, luego de que el avión aterriza y la azafata dice: “To foreigners, welcome to Malaysia, and to Malays, welcome back home”, yo pienso: “No, yo soy extranjera, pero ya he regresado a casa”. El capítulo en que llego al aeropuerto y ya sé qué bus agarrar sin perderme, en que puedo decirle al taxista por cuál calle meterse, en que sé qué puerta abrir de todas las que hay en esa calle, en que subo la escalera de caracol que ya he subido antes, tan cerca del techo de la azotea (donde yo no me golpeo nunca la cabeza, pero él, quien es más alto que yo, sí, siempre) y en que, por fin, puedo susurrarle al oído You are my home, antes de dar media vuelta y dormir tranquila, sintiendo su respiración.

 

 

Intento encenderlo. Pero sólo oigo un chasquido asmático, acompañado de una chispa, insuficiente y fugaz como para tan siquiera alcanzar a prender el cigarrillo. Mierda. Pero no importa: da igual y trato una segunda vez. Si su nombre significa “rayo de luz” en sánscrito, el mío significa “valentía” en griego y aunque muera en el intento, yo no soy de las que escribo Y si hubiera… en mis páginas. Esa frase no la escribiré nunca, jamás, la frase por la que empiezan todas las maldiciones, porque los amores cobardes no llegan a amores, ni a historias, se quedan allí y ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar. Y yo no soy la mejor oradora, ni la mejor escritora. Por eso es que, al menos, no soy cobarde.

Sin embargo, cuando intento prender el encendedor de nuevo, lo único que obtengo es un breve fogonazo, un retazo de luz que se pierde en la oscuridad del descanso de la escalera donde, junto a la ventana, intento ponerme a fumar la rabia.

Las fotos, junto con los días, siguen acumulándose, pero ya no hay palabras. O al menos, no las que él diría. Ahora, todo lo que oigo es yo, yo, yo. Odio admitirlo, pero qué mierda: es como si él ya no fuese más él y se hubiese transformado en un yo. No es que sea algo totalmente malo. De un él perfecto y abstracto jamás podría enamorarme tampoco. Pero entre tanto yo no veo ningún espacio dónde se pueda escribir un nosotros.

Y lo que me parece más triste: entre tanto yo, mis palabras se pierden. No parece haber nadie que las escuche, lo cual, para una escritora, es algo tan terrible como la muerte.

Sólo hay imágenes. Imágenes que yo ya no quiero recordar. Y, de vez en cuando, palabras, palabras que no son las mías y que no son para mí: “We need to spend more time together”. “I really like you”. “Trip to Thailand to see her”.

Lo curioso es que, cuando las leo, está todo tan oscuro… Sólo la pantalla de su teléfono (el cual dejaría felizmente caer desde el piso 88 de las torres Petronas) ilumina el cuarto. En ese caso, prefiero la oscuridad.

Yo sé cómo es esto del mochileo: es muy difícil estar 100% con alguien, casi tan difícil como es estar en un mismo lugar el 100% del tiempo. Pero en este punto de mi vida, aunque no estoy lista para establecerme en algún lugar, sí estoy lista para establecerme con alguien. Estoy harta de la peor parte de viajar: decir adiós una y otra vez sin saber lo que podría haber sido. Estoy harta de escribir sólo capítulos y no la historia larga e imperfecta.

O quizás es mi carácter latino, que no calza por estas latitudes asiáticas. Por ejemplo, a mí los mantras me hacen sentir muy relajada, pero tan espiritual y etérea que me duermen hasta alcanzar un estado tan estático que se debe asemejar a la muerte. En cambio, la música latina me hace sentir viva: no se baila un flamenco sin golpear el suelo con la intensidad de un orgasmo, no se baila un reguetón sin mezclar sudor con libido, no se baila un bolero sin enamorarse, no se baila un merengue sin la velocidad de la vida que no espera, no se baila un tango sin ganas de perderse en el espejismo de los movimientos y en la ilusión de que, por un momento, no estamos realmente solos. Nosotros, los latinos, a riesgo de terminar escribiendo etiquetas arquetípicas, somos pasión. Cuando lloramos, lloramos; cuando reímos, reímos; cuando amamos, amamos. No renunciamos a ninguno de los colores del arco iris ni intentamos escondernos de nuestros sentimientos, los aceptamos como parte de la vida que sabemos que, si es una obra de arte, no es plana y viene con corrientes de decepción. Quizás por eso es que no puedo tomarme toda esta situación tan en estado zen como él (tan asiático) le gustaría. Me das luz u oscuridad. Pero ocasos, no. No los quiero.

Ahora me parece tan simbólico que el encendedor amarillo no sea más capaz de iluminar ni siquiera por un segundo…

Pero es que no es él. No es él, para quien mi historia sea tan importante como la suya, tan importante como para quedarse hasta la última página.

Comienzo, entonces, a sacar lo más valioso, como haría cualquier persona a quien se le estuviera quemando la casa: los sentimientos primero, esos que son tan frágiles que inevitablemente terminan por resquebrajarse un poco en la premura de la huida; luego los recuerdos, que se quedaron entre las plantaciones de té de Cameron Highlands, entre todas las gradas que había que subir para llegar a los siete pozos y entre las estrellas que se miraban desde la playa en Langkawi, las mismas que iluminarán el desierto de Rajastán en India esta noche, donde yo ya no estoy y él ya no está… La autoestima después… pienso si vale la pena sacar el orgullo, pero qué putas, me lo llevo también, lo voy a necesitar.

Y así, lo único que queda de lo que alguna vez fue mi hogar, consumiéndose en llamas, es mi cuerpo. Intentará perderse dentro de él esa noche, pero no sabe que yo ya he sacado todos los sentimientos de ahí, porque yo soy la que escritora y las palabras son lo mío y conozco la retórica desalmada de un hombre que no puede amarme.

No sabe que estoy vacía, como las páginas que ya no se escribirán.

 

 

La alarma suena, insistentemente. He improvisado una cortina colgada desde la cama superior del camarote del hostal, para que la luz no me despierte cuando se marche esta mañana, para tomar el avión a Tailandia to see her.

Qué hijueputa sal… no quería darme cuenta de cuándo se marchase, pero claro, él y su terca costumbre de ponerle el snooze al despertador… Se me cruza por la mente dejar que suene, hasta que pierda el avión, pero debo de encontrar la fuerza para sacarlo de este capítulo, la valentía porque, al fin y al cabo, eso es lo que significa mi nombre… “¿Qué no te das cuenta? ¡Ya te lo decía yo que este mae no era él, quien jamás le pone snooze al despertador!”, me digo a mí misma, insistiendo en decepcionarme de él de todas las formas posibles, mientras corro la cortina para apagar la alarma. En todo caso, no está ahí. Ya se ha levantado y, aunque su mochila sigue en el suelo, él ya no está.

Regreso a mi camarote. La luz de su cama sigue encendida, puedo ver la claridad detrás de la cortina. Es tanta su luz que no le permite ver a quienes estamos a su alrededor… Cierro los ojos. No quiero que me enceguezca a mí también.

Pero, con todo y que cierro los ojos con más y más fuerza, con todas las fuerzas que me quedan (que no son muchas, porque no se pueden tener muchas más cuando una ha perdido su hogar) aún puedo distinguir el resplandor, que ahí sigue.

Hasta que, por fin, apaga la luz y escucho sus pasos alejarse. Alejarse de mí. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Sin imágenes. Sin palabras. Sólo sonidos. Sólo oscuridad.

Y es así como él, quien brillará más que cualquier estrella hasta convertirse en el principito que busco, él, el protagonista de mi historia, vuelve a convertirse en palabras. Palabras sin rostro.

Cualquier escritor entiende, desde el más elemental cuento de hadas, que no se puede escribir un final feliz si antes no se han escrito los capítulos tristes de las despedidas. Cualquier escritor entiende que no hay mejor personaje que aquel que te falla, que aquel te decepciona, pero que luego evoluciona, hasta convertirse en alguien más de lo que él mismo alguna vez soñó ser. El verdadero héroe. Ese que puede empezar muchas veces y de quien se puede escribir una segunda parte, una tercera, incluso una cuarta. Pero esta mañana, al menos por esta mañana, ya yo no soy más una escritora: soy, simplemente, una mujer.

Y así, habiendo ya llegado a la última de las páginas, sin haber escrito en ninguna de ellas el Y si hubiera, la única frase que me niego a escribir y cuya ausencia es la única ausencia que me da paz, escribo el punto final del capítulo, con el sonido de la puerta al cerrarse.

Porque odio admitirlo: no es él. Pero qué mierda: de lejos, se le parecía tanto, tanto…

Converse

 

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3 Comments

  1. hola andrea, apenas lei tu ultimo blog quede prendida a vos de inmediato, amo tu manera de contar la vida, lo autentica que sos… seguramente seguire visitando tu blog hasta poder terminar lo que ya he empezado (leer todo lo que has pasado), y asi mismo seguro buscare tu trabajo publicado. escribo con respeto y admiracion, espero nunca poder llevar a cabo mi cometido, el de terminarte de leer!

    • ¡Awwwww Eliana!¡Qué linda! Demasiadísimas gracias por tus palabras. Te mandaría una foto con la sonrisota con la que estoy, jajajaja, para que veas que es cierto, pero ahorita no tengo cámara, la pobre murió con las botas puestas cumpliendo con su deber y estoy esperando la nueva por correo. En fin, muchas gracias por hacerme el día con el comentario y por darme más energía para escribir. ¡Abrazote grandote!

  2. Heme aqui a las 3:00 am llorandoooo como una bebé (moco incluido y todo), al leer estooo.. encontre por coincidencia tu blog y llevo ya horas leyendolo, pero eeeeesto, que fuerte, me he sentido tan identificada, aunque no he viajado ni la cuarta parte de lo que has viajado tu, pero es increible, ademas escribes maravilloso!

    Y bueno, si que es terrible encontrar el amor viajando ehh!

    Muero por leer todas tus entradaas! Gracias por compartir esto y hacerme remontarme a mis tiempos de viajera! Sigue asiii y que tengas una vida increiblemente hermosa

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