Cartagena 13 años después

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Hoy vamos para Cartagena, a juntarnos con Diego, también de la Ruta. Él pasa por mí alrededor del mediodía a casa de Graciliano: te recojo en 13 minutos, me ha puesto en el mensaje de celular. 13 era el número de su grupo en la Ruta. 13 los años desde que nos conocimos. 13 el día del cumpleaños de Ricardo. 13 el número de mala suerte por antonomasia.

Luego, pasamos con Beltrán para conformar el trío dinámico y emprendemos el viaje. Como todo entre nosotros siempre es como una película, pasamos sacando bromas todo el viaje diciendo “acción, corte, toma uno, toma dos, toma tres, toma cuatro…toma trece”. Así, me da el tiquete del peaje en una escena y yo, como soy una cursi sin remedio, guardo el papel en mi bolso. Eventualmente, irá a parar al baúl cuando algún día regrese a Costa Rica junto con la famosa piedra, y todo el amor que siento por él, y que lo dejé guardado bajo llave, ya eso lo sabe cualquiera que me conozca.

Selfie Cartagena

Diego (en primerísimo plano), Beltrán, ÉL Y YO.

En Cartagena llegamos a casa de Diego, donde su mamá nos ha hecho una paella monumental, dulces de hojaldre y tarta de manzana. Nos quiere gordos, parece. Como Diego y su familia andan metidos en la onda de la parasicología, nos sientan a los tres a ver videos de monasterios y hospitales abandonados escuchando psicofonías. “Somos siete”, se escucha en una. “Angel tutti” se escucha en otra. Y así, se establece una comunicación extrasensorial con el otro mundo. Otro instante dadaísta sin duda: ¿en qué momento de mi vida di un giro para terminar escuchando voces del más allá en una casa llena de españoles, sentada junto a ÉL? Si me hubieran dicho hace un año…

 Sobre el caballito Blog de viajes

Mini encuentro rutero: Beltrán, Samuel, yo, Mariano y Diego… ¡La burra en el medio!

Más tarde, nos vamos a dar una vuelta por Cartagena y hacemos una parada para escuchar el grupo de Samuel, otro rutero. Un silencioso bajo me llama la atención desde la esquina, pero no me atrevo a tocarlo. Los miembros del grupo son muy pro y yo hace más de 5 años que no toco contrabajo, no sabría ni qué hacer. Él insiste e insiste en que me anime a volver a poner mis dedos sobre las 4 cuerdas que durante más de una década recorrí diariamente en mi periodo contrabajista, pero me da una vergüenza terrible y no me atrevo. Me dice de todo para darme ánimos y toca todos los botones que se le ocurren, hasta que por fin, da en el clavo: “Yo creía que tú eras una chica aventurera, que estabas en un viaje dadaísta, que ibas a criar avestruces a Bulgaria y que al menos te atreverías a tocar con un grupo español en Cartagena”. Bingo. Me dio por el orgullo. Poco a poco me acerco al bajo y para cuando me doy cuenta, estoy yo tocando con ellos o ellos conmigo, no sé muy bien cómo ha empezado, no lo hago nada bien, pero al menos me divierto siguiendo el ritmo chapuceramente de Corazón partío de Alejandro Sanz. Así me va a quedar el mío mañana, pero ahora no importa…

Bajo

Mi bajo adoptivo

Luego de un café y de un interesante tour por las tiendas más cotidianamente españolas como el Decathlon (apuesto que pocos turistas ticos invierten su tiempo en esto) Diego, Beltrán, él y yo regresamos a Alicante. La idea es pegarnos la fiesta esta noche, claro. Nos juntamos con Graciliano y Gonzalo y nos subimos a un bus donde viajan unas chicas pelirrojas que celebran una despedida de soltera por lo visto, dadas las pichas de cartón que decoran sus cabezas.

Nos adentramos en un pub en Alicante. Hay mucha gente, no queda más que estrecharse y de pronto él y yo quedamos muy cerca.  

Demasiado cerca…

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